El músico detrás del genio

por Eduardo J. Manola

Walworth, Londres, Inglaterra, Reino Unido, 16 de abril de 1889 – Vevey, Vaud, Suiza, 25 de diciembre de 1977

Aclaremos en primer lugar que esta no es una biografía cinematográfica del incomparable Charles Chaplin. Aquí nos centraremos en el aspecto musical de su filmografía, consignando por supuesto algunas pinceladas de su vida como modo de acercarnos a su figura. Fue uno de los artistas más completos y polifacéticos que ha conocido el Séptimo Arte. Desde sus inicios en los orígenes del cine, tras sus experiencias en el vaudeville, la pantomima tan popular en su época y el music hall que se hacen presentes en sus films, Charles Chaplin toma las riendas de su particular idea de cómo concebir el cine y no solo escribe, dirige, interpreta, produce y financia sus películas, sino que, en la mayoría de ellas, hace las veces de compositor de sus bandas sonoras, o selecciona él mismo las músicas prestadas de otras artes, como la música clásica o culta, o las canciones populares.

Tras debutar siendo un niño en los escenarios del vaudeville británico, se une en 1910 a la compañía de Fred Karno, con quien realiza su primera gira norteamericana en 1912 con su violín a cuestas, un violín para zurdos con las cuerdas dispuestas en el orden inverso. Durante este periodo, toma lecciones del director de la orquesta de la compañía y estudia entre cuatro y seis horas diarias con la intención de poder dedicarse profesionalmente a la música, pero pronto se da cuenta de sus limitaciones. No sabía leer ni escribir música y jamás se consideró más que un aficionado, aunque muchos sostienen que fue un consumado músico. Desde su juventud siguió tocando el piano, el violín (con el que practicaba casi todos los días porque decía que le servía para relajarse), la flauta, el órgano y también el violoncello. Poseía un sentido innato para la melodía, tocaba esos instrumentos “de oído” y fue autodidacta en su aprendizaje.

Fred Karno

Comenzó su carrera como actor en el teatro y su extraordinario talento para la pantomima atrajo inmediatamente la atención del incipiente cine, en el que debuta en 1914 en Charlot, periodista (Making a Living, Henry Lehrman), el primero de los varios cortometrajes que interpretó para la Keystone Comedies. Convertido ya en una estrella crea una compañía para editar y registrar sus canciones y composiciones musicales, aunque con poco éxito, y en 1918 funda su propia productora para tomar el control total de sus películas y de sus músicas. Justamente ese trabajo en la Keystone y la distribuidora Mutual Film Company le permitió relacionarse con destacados músicos como Ignacy Jan Paderewski o Leopold Godovsky, e incluso hacerse amigo de figuras rutilantes del ambiente musical como Sergei Rachmaninov, Vladimir Horowitz, Igor Stravinsky, Hanns Eisler, y Arnold Schoenberg, entre otros.

La palabra “genio”, en una de sus acepciones, se define como la “persona de extraordinario talento, perfeccionista del arte al que se dedica, creador de grandes pensamientos y de conocimientos nuevos”. Chaplin aplica para el término, sin duda. Tuvo una dura infancia en su Walworth natal, en Londres, sumida en la pobreza, pero desde siempre mantuvo un afán de superación que lo llevó a conseguir desde niño todo lo que se propuso, actitud que trasladó y profundizó en su paso por la meca del Séptimo Arte que ayudó a construir y que prestigió con las maravillosas ideas que su inquieta mente imaginó. Fue mucho más que un ingenioso cómico que hacía reír a millones de personas. Su talento va mucho más allá, y con ese talento dio vida a su personaje más icónico, el vagabundo Charlot, para quien, según sus propias palabras, intentó componer una música elegante y romántica que lo acompañara  en sus desventuras porque, de esa manera, le imprimía una dimensión emocional. Quería que la música fuese un contrapunto serio y encantador que expresase sentimientos, sin los cuales, sostenía, una obra de arte no quedaría completa como tal. Como el auténtico cineasta total que era siempre entendió que la música contenía la “emotividad” en su tonalidad, que junto a la melodía y el ritmo eran las herramientas imprescindibles para canalizar ese flujo necesario para que los espectadores se identificaran con las imágenes y sus personajes. En Charlot se reflejan muchos de los valores y sentimientos del ser humano: la soledad, la bondad, la nobleza, la libertad interior, y esos sentimientos son los de su creador, inspirados en su propia vida, aunque en realidad su personalidad real no se ajustara tan bien a todos esos parámetros.

En 1919, Chaplin fundó la compañía United Artists junto a David W. Griffith, Douglas Fairbanks y Mary Pickford, con la intención de asegurarse la posibilidad de hacer cine independiente y detentar el control de la producción y distribución de sus filmes. La película que marcó su inicio como cineasta independiente fue Una Mujer de París (A Woman of Paris, 1923) y en ella hizo sus primeros experimentos como compositor participando activamente en la creación y sincronización de la música junto a Louis F. Gottschalk y Fritz Stahlberg pues, pese a sus innegables dotes musicales, su incapacidad para escribir una partitura lo obligó a requerir la colaboración de arreglistas y músicos profesionales que se encargaran de trasladarla al pentagrama. Luego trabajaban juntos sus ideas durante largas sesiones, cuidando hasta el más mínimo detalle.

Meredith Willson, que colaboró con Chaplin en la composición de la música para El gran dictador (1940), dijo de él en una ocasión que era un perfeccionista, que siempre prestaba su máxima atención a los detalles y que tenía una gran sensibilidad para encontrar la frase musical exacta o el tempo adecuado para expresar el estado de ánimo que buscaba. Casualmente este aspecto de la profesionalidad y perfeccionismo musical de Chaplin se puede apreciar en El gran dictador, en la eficaz selección que hizo de piezas de música clásica que incluyó como banda sonora (para ello ver nuestro trabajo The Great Dictator-Charles Chaplin: El barbero de…Brahms!!)

Además de los mencionados Gottschalk, Stahlberg y Willson, otros conspicuos músicos y arreglistas como David Raksin, Raymond Rasch, Carli Elinor, Rudy Schrager, Arthur Johnston o Eric James colaboraron en las bandas sonoras de las películas de Chaplin, lo cual no dejó de despertar ciertas suspicacias sobre quién era realmente el creador de la música, aunque los propios profesionales que trabajaron con él aseguraron siempre que sin duda Chaplin tuvo una participación muy activa en toda la labor y que todo empezaba a partir de las melodías que él mismo les cantaba o tocaba con el piano. Luego seguía el desarrollo y la orquestación del tema siempre teniendo como norte la idea que él tenía en la cabeza y les transmitía. Ese fue su método de trabajo.

En la foto Chaplin con Alfred Newman a su derecha y David Raksin a su izquierda

En 1931 Chaplin crea la música para su primera obra maestra, Luces de la ciudad (City Lights) y lo hace en solitario en lo que se considera su debut como compositor, aunque también aquí contó con la colaboración de un músico asociado, que esta vez fue Arthur Johnston, y detrás de bambalinas estarán los arreglos y la dirección musical del gran Alfred Newman. En este caso se verá envuelto en una demanda de plagio entablada por el compositor José Padilla por la utilización sin reparo alguno de su canción “La violetera” y perderá el pleito. (ver en esta web CITY LIGHTS (1931) – Charles Chaplin: Iluminados por el plagio)

El compositor José Padilla

Repetirá autoría exclusiva de la música en Tiempos modernos (Modern Times, 1936) con David Raksin como asociado y otra vez con arreglos y dirección musical de Newman, en cuya banda sonora aparece la bellísima canción «Smile» que se hiciera famosa y que fue escrita por Chaplin; en Monsieur Verdoux (1947) con Rudy Schrager como músico asociado, y en Candilejas (Limelight, 1952), con Ray Rasch, para la que compone el “tema de Terry”, al que en 1953 John Turner y Geoffrey Parsons le agregan letra y lo lanzan como canción renombrándolo “Eternally” con la voz de Jimmy Young, haciéndose inmensamente popular, y convirtiéndose en uno de los más célebres temas de toda la producción musical de Chaplin, y sin duda uno de los más bellos de la historia del cine. Por su parte para Un rey en Nueva York (A King in New York, 1957) cuenta con Eric James y Dave Shand como músicos asociados.

Párrafo aparte merece La quimera del oro (The Gold Rush, 1925) ya que no tenía música original, sino que se proyectaba con el habitual acompañamiento en los cines y con música de repertorios. Chaplin compuso la música recién en 1942 para una nueva versión que él mismo preparó, editó reduciéndola a 72 minutos y narró personalmente. Carli Elinor, conocido por compilar una selección musical para el estreno en Los Angeles de El nacimiento una nación de Griffith, fue su músico asociado para esta nueva versión. En su autobiografía Chaplin comenta con ironía una conversación que había tenido con un músico que intentó explicarle académicamente los intervalos limitados de la escala cromática y de la escala diatónica. En su desprejuiciada genialidad, Chaplin lo interrumpió con una observación profana: “Lo importante es la melodía; el resto es simple acompañamiento”.

Esa forma innata de sentir la música, sin formación académica alguna, que en definitiva era su forma de sentir el cine, la colocó por delante del recurso de la palabra cuando, con una obstinación que se hizo célebre, se resistió todo lo que pudo al inevitable paso del cine mudo al sonoro, lo que lo llevó a un aislamiento que aceptó impertérrito mientras mantenía a su entrañable vagabundo sin pronunciar una sola palabra. «Las películas habladas arruinarán la gran belleza del silencio«, decía hacia 1929, apenas dos años después del estreno de El cantor de jazz y con Hollywood en plena y traumática transición hacia el cine sonoro. A pesar de que Chaplin renunció a utilizar la voz hasta El gran dictador, la consolidación del cine sonoro le produjo luego la satisfacción de poder escribir y controlar la música que sonaba durante la proyección de sus películas, a las que siempre llenó musicalmente con un gran talento para combinar con elegancia la comicidad de sus propuestas con el sentimentalismo más empalagoso, en el que revela su gusto por las melodías románticas y fáciles de retener y asociar a la comedia. Reconoció esta obsesión y la ejemplificó con la sencilla tonada de  “Too Much Mustard”, un ragtime de ritmos sincopados, escrita por el compositor inglés Cecil Macklin en 1911 que había sido seleccionada por Chaplin para la comedia Charlot, de conquista (20 Minutes of Love, 1914), un cortometraje repleto de situaciones violentas, con policías y niñeras. Tiempos modernos, El gran dictador, la nueva versión musicada de La quimera del oro (1925/1942), Monsieur Verdoux o Candilejas están repletas de melodías melancólicas, luminosas, románticas y tremendamente pegadizas, de una efectividad indiscutible para conectar con el público e identificarse con el estilo de su creador. Suenan a Chaplin así como las melodías de Nino Rota suenan a Fellini o las de Bernard Herrmann suenan a Hitchcock.

Cuando despuntaban los cincuenta Chaplin incomodaba a Estados Unidos con su ideología de izquierdas y su actitud reaccionaria, y sintió cerca la amenaza de la caza de brujas del senador McCarthy, así que aprovechó el estreno en Europa de Candilejas para viajar a Suiza y terminar radicándose en ese país. Allí pasó 20 años hasta que la Academia de Hollywood se acordó de él y lo nominó para recibir un Oscar honorífico por su carrera y por toda una vida dedicada al cine. Tras el Oscar honorífico, su nombre y su obra volvieron al primer plano, Hollywood se olvidó de su ideología y celebró al artista. Más vale tarde que nunca. Alguien recordó entonces que Candilejas (Limelight) no había sido estrenada en su día en Los Ángeles y la película volvió a los cines, con el agregado de que, al ser un estreno, podía ser nominada al Oscar. Así, insólitamente, una película de 1952 competía en la entrega de 1973 y si bien no obtuvo el galardón a Mejor Película, sí se lo llevó por la categoría de Mejor Banda Sonora. De esta forma Charles Chaplin conseguía el único Oscar que ganó en su vida por sus películas, no como actor o director sino como músico. Los otros dos que obtuvo fueron honoríficos, el mencionado anteriormente, y uno en 1929 por su corto El circo (The Circus, 1928) con la siguiente mención: “For versatility and genius in acting, writing, directing and producing The Circus” (Por la versatilidad y el genio en la actuación, la escritura, la dirección y la producción de El Circo). Aunque había sido nominado como mejor actor, la Academia decidió sacarlo de la competición y otorgarle en su lugar un Premio Especial.

Chaplin siempre tuvo claro el importante papel que la música tenía en sus películas y en el cine en general, y para concretar esa convicción, en la última etapa de su vida, retirado en Suiza, se propuso componer la música original que sus antiguos cortometrajes no tenían, molesto por los añadidos musicales que usual e indiscriminadamente manos ajenas insertaban en aquellos primeros cortos cómicos. Se asoció con el pianista, compositor y arreglista Eric James, que conoció en 1956 tras encargarle la grabación de un tema para A King in New York, y lo invitó a su casa de Suiza para transmitirle la idea musical que quería que transcribiera para cada cortometraje. El trabajo se tituló The Chaplin Revue y se terminó en 1959, conteniendo música especialmente compuesta para diversos films como A Dog’s Life, Shoulder Arms, The Pilgrim, The Circus, The Kid, Sunnyside,  Pay Day, A Day’s Pleasure. Genio y figura hasta la sepultura.

Charles Chaplin dijo alguna vez: “Soy conocido en algunas partes del mundo por personas que nunca han oído hablar de Jesucristo” y no exageraba. A su indiscutible impronta como actor, a su obra inconmensurable como cineasta, a su genio creativo, habrá que sumarle su innato talento de músico autodidacta y su no tan expuesta faceta de verdadero maestro intuitivo de la composición.

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Es bien conocido el talento de Charles Chaplin y la huella que ha dejado en la historia de la cinematografía. No queda mucho por decir ni por contar sobre la figura del gran Charlot. Sin embargo, una no menos virtuosa faceta es su extraordinaria y no tan conocida capacidad musical.  El mismo Chaplin compuso las partituras de sus películas, pese a que no sabía escribir música y a que sus conocimientos en esa materia los había adquirido de manera autodidáctica…

En 1931 Charles Chaplin creó la que hasta ese momento sería su obra maestra, Luces de la ciudad (City Lights), película que, además, tiene la particularidad de ser su debut como compositor en solitario, aunque también, como en todos sus filmes, contó con la colaboración de un músico asociado que esta vez fue Arthur Johnston y detrás de bambalinas estaban los arreglos y la dirección musical del gran Alfred Newman

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