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Alex North - Biografía

El maestro de la innovación

Chester, Pennsylvania, Estados Unidos, 4 de diciembre de 1910 –  Los Angeles, California, Estados Unidos, 8 de septiembre de 1991

Nacido como Isadore Soifer, hijo de una pareja de inmigrantes rusos establecidos en Chester, desde muy temprana edad comenzó a estudiar piano con el maestro George Boyle en el Curtis Institute of Music de Philadelphia, y a los veinte años ganó una beca para ingresar a la prestigiosa Juilliard School mudándose a New York. Allí pasaría algunas incomodidades y debió arreglárselas para ganarse la vida, así que durante el día estudiaba y por las noches trabajaba como telegrafista en la compañía Western Union. Esta situación le resultaba insostenible, por lo que comenzó a buscar alguna otra alternativa que le permitiera costearse los estudios sin trabajar tanto, y la oportunidad le apareció en el país de sus ancestros. Rusia estaba requiriendo especialistas técnicos en diversas incumbencias y para ello ofrecía financiarlos en otras actividades, así que Alex viajó a la Unión Soviética y consiguió un trabajo remunerado como ingeniero telegrafista y logró su ingreso inmediato en el Conservatorio de Música de Moscú. Allí prosiguió sus estudios y comenzó a componer, una pieza de variaciones para piano y dos piezas corales.

En 1935 vuelve a New York para perfeccionar sus estudios con Ernst Toch y con Aaron Copland. Con la tutela de éste último se metió de lleno en la danza contemporánea, y llegó a componer música para gente del ambiente del ballet como Martha Graham, Agnes de Mille y Doris Humphreys. La estrecha relación con Copland lo haría propenso a su influencia en el estilo musical. Su colega Elmer Bernstein compartiría con North también esta influencia.  En 1939 hace un viaje a México para trabajar como director musical para la coreógrafa Ana Sokolow y allí inicia una fructífera amistad con Silvestre Revueltas, un prestigioso compositor de ese país que se haría famoso como director de la Orquesta Sinfónica de México, con el que aprenderá y asimilará el estilo mexicano que utilizará con maestría en sus partituras para las películas ¡Viva Zapata! (Viva Zapata!, Elia Kazan, 1952), Más allá de Rio Grande (The Wonderful Country, Robert Parrish, 1959) y Bajo el volcán (Under the Volcano, John Huston, 1984).

La Segunda Guerra Mundial lo encuentra enlistado como capitán del ejército, a cargo de un programa de entretenimiento para soldados hospitalizados con problemas de inestabilidad psicológica, junto al psiquiatra Dr. Karl Maninger, pionero del método Psycho-Drama para el estudio de casos de enfermedad mental. Se podría decir que North, a través de este particular trabajo, adquirió una sensibilidad especial a la hora de componer partituras para películas centradas en introspección de personajes conflictuados mentalmente. También escribió sus primeras bandas sonoras, para películas documentales de la Oficina de Información de Guerra (Office of War Information – OWI), como por ejemplo Heart of Spain, China Strikes Back o People on the Cumberland. También compuso para documentales del Departamento de Agricultura, y en 1945 A Better Tomorrow, que estuvo nominado al Oscar como Mejor Documental, sobre el sistema de educación pública de New York. Terminada la contienda, en 1946 compuso la partitura para un musical tributo a los 150 años de la industria automotriz, que le permitió una nueva colaboración con la coreógrafa Anna Sokolov, y el compositor Virgil Thomson lo recomendó a su vez con el New York Herald Tribune Forum para componer una cantata, The Morning Star, basada en los Juicios de Nuremberg, interpretada por los Lyn Murray Singers y Robert Montgomery como narrador, que tuvo una tremenda recepción en los medios y la crítica especializada.

La coreógrafa Anna Sokolov

Ese mismo año, North, profundamente influenciado por la música de Duke Ellington, comienza a componer piezas de jazz de carácter innovador, como su Revue for Clarinet and Orchestra, por encargo del gran Benny Goodman, que estrena en 1946 bajo la dirección del propio Goodman y nada menos que Leonard Bernstein con la New York City Symphony Orchestra, y es ovacionado en la premiere.

Cansado de la ajetreada vida en New York decide tomarse un tiempo en California para dedicarse a componer con mayor tranquilidad. Mientras se encontraba a gusto trabajando en piezas de música culta, documentales y ballets, y obras de teatro como The Innocents, Richard III, Coriolanus y Little Indian Drum, recibe una llamada de Kermit Bloomgarden, productor de Broadway, que le pide que vuelva para trabajar con Molly Day Thatcher, la mujer del afamado cineasta Elia Kazan, en un musical titulado Queen of Sheba. North acepta, deja todo y viaja a New York, convencido de que no podía desaprovechar la oportunidad que se le presentaba. Esta circunstancia le permite iniciar una excelente relación con Kazan pues pasa muchísimas horas en la mansión del director y su mujer en Sandy Hook, incluidas fiestas sociales, excursiones de pesca y picnics familiares. Por alguna razón, el musical nunca se estrena, pero la experiencia resulta muy importante para North, porque en el verano de 1948 Kazan y Arthur Miller estaban preparando la versión teatral de Muerte de un viajante (Death of a Salesman) y le proponen que componga la música. Miller quedó encantado con el trabajo de North y la obra se estrenó en febrero de 1949 en el Morosco Theater con notable éxito, obteniendo la música excelentes reseñas de la crítica especializada, lo que repentinamente abrió las puertas a la carrera de Alex North.  Para esa época también compone su famosa cantata Negro Mother y su Holiday Set para orquesta.

El director Elia Kazan

Arthur Miller con su esposa Marilyn Monroe

Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, 1951) fue la siguiente colaboración con Kazan, introduciendo a North en el mundo del cine, y su trabajo para este film tuvo un gran impacto en la música de cine de Hollywood, trayéndole inmediato éxito y reconocimiento. Fue un score revolucionario, porque fue la primera vez que la música de jazz se usaba de manera incidental y no diegética en una banda sonora, y North, además, no tuvo reparo alguno en aplicar disonancias y atonalidad a su obra, que fue nominada al Oscar, aunque perdió frente a la excelente Un lugar en el sol (A Place in the Sun, George Stevens) de Franz Waxman. Pero eso no fue todo, porque North, también fue nominado ese mismo año por la banda sonora de Muerte de un viajante (Death of a Salesman, Laslo Benedek), versión cinematográfica de la obra de teatro cuya música había adaptado él mismo por encargo de Arthur Miller. En ese mismo año de 1951 también compuso la música de Cartas envenenadas (The 13rh Letter), nada menos que para Otto Preminger. Fue su primer trabajo para la 20th Century Fox bajo la égida de Alfred Newman, el más poderoso director musical en la historia del “studio system” de Hollywood, con quien se llevó estupendamente y mantuvo una estrecha relación discutiendo con él los problemas en el proceso de composición, y enriqueciéndose personalmente con sus consejos.

En 1951 también compondría la banda sonora de otra película de Elia Kazan, ¡Viva Zapata! que se estrena en 1952, y que lleva a la pantalla la historia del famoso revolucionario mexicano Emiliano Zapata, encarnado por Marlon Brando, en la que aplicaría recursos aprendidos con su amigo, el compositor mexicano Silvestre Revueltas. Por esta partitura también fue nominado al Oscar, o sea que tres de las cuatro primeras composiciones de North resultaron nominadas al premio de la Academia, algo realmente notable.

Como se puede ver, la década del 50 comenzó a toda orquesta para North, y se convirtió en muy prolífica. El inspector de  hierro (Les Miserables, Lewis Milestone, 1952), La última flecha (Pony Soldier, Joseph M. Newman, 1952), Desirée (Désirée, Henry Koster, 1954), Hombres temerarios (The Racers, Henry Hathaway, 1955), La mala semilla (The Bad Seed, Mervyn LeRoy, 1956), son algunas de las películas a las que North les puso música.

Pero de este período hay que destacar en particular:

La rosa tatuada (The Rose Tattoo, Daniel Mann, 1955), fue otra adaptación al cine de una novela de Tennessee Williams para la que North fue convocado, en la que nuevamente desplegó su capacidad para musicalizar dramas literarios con historias intimistas y desarrollo profundo de caracteres. Aquí aprovecha la procedencia del personaje principal de Anna Magnani, una viuda que vive en un barrio ítalo-americano de Louisiana, para dejarse influenciar por la música folclórica italiana utilizando mandolinas, pero también incluye secuencias musicales de raíz jazzística.

El largo y cálido verano (The Long, Hot Summer, 1958) y El ruido y la furia (The Sound and the Fury, 1959), suponen una fructífera colaboración con el director Martin Ritt, ambas películas basadas en sendas novelas de William Faulkner.

Unchained (Unchained, Hall Bartlett, 1955), en la que incluye la canción nominada al Oscar, Unchained Melody, interpretada por Todd Duncan, que se hiciera famosa cuando fue adaptada por los Righteous Brothers en 1965 y más aún cuando esa versión fue incluida en la banda sonora de Ghost (Más allá del amor) (Ghost, Jerry Zucker, 1990). Se convirtió en una de las canciones más versionadas del siglo XX, registrándose unas 500.

También Four Girls in Town (Four Girls in Town, Jack Sher, 1956) para la que North, además de la banda sonora, compone su famosa Rhapsody for Four Girls, dividida en tres movimientos en los que hace gala de su peculiar manejo de la percusión y profundiza la utilización del jazz en la música incidental, pero lo combina con el sinfonismo más tradicional. La pieza contó con profesionales de lujo como Henry Mancini en la orquestación, Joseph Gershenson dirigiendo la Universal International Orchestra, André Previn en piano y Ray Linn en trompeta. Por cierto, Mancini incorporó una canción suya en esa banda sonora, Cha Cha Cha for Gia, por la que no fue acreditado.  

La década del 50 también significó para North el fin de su relación con Elia Kazan, motivado por la decisión de éste de declarar como testigo ante el Comité de Actividades Antiamericanas liderado por el tristemente célebre senador Joseph McCarthy. Si bien el sorpresivo testimonio de Kazan no involucró a North, sí comprometió a muchos de sus comunes amigos, lo que lo shockeó y lo llevó a no dirigirle más la palabra.

La década de los años sesenta arrancaría con la extraordinaria banda sonora que North compone para Espartaco (Spartacus), la apuesta a la épica que Kirk Douglas llevó a cabo con su propia productora y distribución de la Universal, dirigida por su amigo Stanley Kubrick, que significó una verdadera renovación del estilo tradicional sinfónico grandilocuente y lleno de fanfarrias triunfales, que Hollywood venía consolidando con músicos como Miklos Rozsa, Alfred Newman, Dimitri Tiomkin y Franz Waxman. Para profundizar sobre esta banda de sonido remitimos a nuestro artículo cuyo link el lector podrá encontrar al pie de esta biografía.

En 1961 John Huston lo convoca para escribir la música de Vidas rebeldes (The Misfits), la que sería la última película de Clark Gable y Marilyn Monroe, que contaba con guion de Arthur Miller, en ese entonces marido de la Monroe, y al año siguiente compone La calumnia (The Children’s Hour) para nada menos que William Wyler, sobre la relación lésbica entre dos maestras en un puritano pueblecito americano, basada en la novela de Lillian Hellman, que otra vez permite a North desplegar su habilidad para las historias con fuerte contenido psicológico.

John Huston

William Wyler

Luego de ponerle música a Su propio infierno (All Fall Down, 1962) de John Frankenheimer, en la que experimenta con la combinación del sonido diegético de campanas con otras sonoridades percusivas y metálicas cuando uno de los personajes golpea unas rejas, acomete la tarea de componer la que sería otra de sus obras maestras. Cleopatra (1963), la accidentada superproducción épica que el gran Joseph L. Mankiewicz sufrió en carne propia dirigiendo a Elizabeth Taylor y Richard Burton, se benefició con la extraordinaria partitura que North concibió, con una instrumentación tan rica y refinada que alcanzó el máximo nivel de su carrera, con pasajes melódicos bellísimos y secuencias espectaculares como la entrada de la reina egipcia en Roma.

En 1964 vuelve a colaborar con Martin Ritt en Cuatro confesiones (The Outrage) para la que vuelve a escribir música de enfoque intimista, y tiene la oportunidad de trabajar con John Ford en una de sus últimas películas, El gran combate (Cheyenne Autumn, 1964), en la que, con instrumentos como la flauta india y secciones muy poderosas de vientos y metales, y una percusión áspera, que en muchos pasajes no logra despegarse del sonido de Espartaco y Cleopatra, intenta representar la tragedia de los cheyennes que Ford homenajea en su film.

En 1965 escribe otra obra maestra para la década más brillante de su periplo artístico. Carol Reed rueda la historia de Miguel Angel y su tormentosa relación con el Papa Julius II, apoyada en el inmenso duelo actoral entre Charlton Heston y Rex Harrison. North viaja a Italia para investigar y estudiar la música de la época, en especial la obra del compositor renacentista Gabrielli, y construye la banda sonora en base a canciones populares y orquestaciones con base en trompetas e instrumentos que recrean la época del Renacimiento. La película era El tormento y el éxtasis (The Agony and the Ecstasy).

John Ford

Carol Reed

Es importante destacar la tarea del orquestador habitual Henry Brant en buena parte de la carrera de Alex North, muy en especial en las partituras de Espartaco y Cleopatra, en las que la instrumentación queda muy en evidencia por su brillantez y refinamiento.

En una de sus partituras menos difundidas, North demostró de lo que era capaz cuando asumía un trabajo y se comprometía a fondo. Mike Nichols le encargó la música para ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, 1966), otro drama tormentoso para lucimiento de la pareja Taylor/Burton, que complicó la tarea de North. No encontraba el estilo musical adecuado a las violentas situaciones en que se enfrascaba la pareja. Intentó con el jazz y con música dodecafónica, e incluso quiso convencer al cineasta de que lo mejor para la película era no ponerle música, lo que Nichols rechazó. Terminó decantándose por la pureza del barroco, según él mismo comentó: “En fin, resolví finalmente hacer una partitura cuyos puntos de partida y de llegada contrastaran con lo que ocurría en la pantalla, y comprendí que lo que yo quería tenía un nombre: pureza. Había que hacer una música que significara pureza, pero no la pureza ingenua e infantil, sino aquella otra a la que sólo se puede llegar por la decantación del dolor humano. Luego me aislé de todo durante varios días con solo una idea en la cabeza martillándome hasta la obsesión, la pureza por la decantación del dolor humano…Hasta que surgió el tema.” El adagio fue la forma que North eligió para ese tema, ejecutado en guitarra y orquesta.

La única película del género bélico que contó con Alex North como compositor fue La brigada del diablo (The Devil’s Brigade, Andrew V. McLaglen, 1967), con una marcha militar con base de gaitas que incluye el traditional Scotland the Brave, dado el origen escocés de algunos de los soldados protagonistas, si bien la película narra las peripecias del entrenamiento conjunto de una unidad canadiense y un grupo de desarrapados soldados americanos ex-convictos para una misión muy en el estilo de Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, Robert Aldrich), que también era de 1967 y había cosechado un impresionante éxito.

Las sandalias del pescador (The Shoes of the Fisherman, Michael Anderson, 1968) con Anthony Quinn encarnando a Kiril Lakota, un ficticio Papa ucraniano enfrentado a una amenaza de guerra nuclear, llevó a North nuevamente a Italia, y tuvo que ceder a las exigencias de los realizadores y componer un tema ruso para este personaje, pese a su resistencia basada en que el Papa era una figura universal, por lo que su leitmotiv no debía sonar con el estilo musical de una nación en particular, sea cual fuera su origen.   

A su vez, ese mismo año de 1968, convocado por la MGM, y entusiasmado con trabajar de nuevo con Stanley Kubrick, North recala en el género de la ciencia ficción, y luego de un arduo y comprometido trabajo, compone la partitura de 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey). Sin embargo, sufre una de las decepciones más duras de su carrera cuando se entera, en la misma premiere de la película, que su música no aparecía en la película. Kubrick, en una decisión solapada e inconsulta, e incluso contra las exigencias de la MGM, la reemplaza por diversas piezas de música clásica de Strauss, Ligeti y Khachaturian que, por cierto y hay que reconocer, encajaban perfectamente con las imágenes. La compleja partitura que North había compuesto era dodecafónica y atonal, e intentaba acoplarse a la atmósfera claustrofóbica y siniestra del film, por lo que el compositor nunca terminó de entender la decisión de Kubrick, y menos aún, la falta de aviso del cineasta. La partitura quedó escondida y absolutamente olvidada hasta que Robert Townson, de la discográfica Varese Sarabande, admirador de North, se unió a Jerry Goldsmith, gran amigo del músico, para cumplir una promesa que este le había hecho meses antes de su muerte: grabarla y darla a conocer. Finalmente, en 1993 se editó la banda sonora completa escrita por Alex North, fallecido dos años antes, con Goldsmith conduciendo la prestigiosa National Philharmonic Orchestra, en lo que significó un verdadero homenaje a la memoria del compositor.

Tras estos trabajos, North se vuelve a reunir con Daniel Mann en Sueño de reyes (A Dream of Kings, 1969), componiendo una partitura con sonoridades griegas ya que se trataba de la historia de unos inmigrantes de ese país, por lo que utilizó instrumentos autóctonos como el bouzouki, y dotó a cada personaje de un leitmotiv.

La entrada en la década de los setenta traería un inevitable relevo generacional en la música de cine, provocada por la aparición de nuevos directores con nuevas ideas y estéticas, y de una nueva figura en el ambiente, los ejecutivos, que van a modificar el status quo de la industria del cine, con objetivos más comerciales y atentos a la taquilla que al arte. En ese contexto, Alex North continúa su carrera, pero su convocatoria se reduce considerablemente y solo consigue algunos trabajos puntuales, aunque vuelve a lograr nominaciones al Oscar. En 1971 compone otra banda sonora en la que vuelve a experimentar con la percusión hasta límites insospechados, La revolución de las ratas (Willard), otra vez para el director Daniel Mann, con quien también regresaría en 1975 con la música de Viaje al terror (Journey Into Fear), en la que destacaría su tema principal. Con Shanks (Shanks, 1974) la fantasía de horror del inefable William Castle, protagonizada por el célebre mimo Marcel Marceau, obtendría una nueva nominación que volvería a perder, esta vez frente a El padrino II de Nino Rota.

Tras otros trabajos como Muerde la bala (Bite the Bullet, Richard Brooks, 1975) y la coproducción israelita-americana The Passover Plot (Michael Campus, 1976), North encontraría en la televisión el reconocimiento que siempre mereció recibir en el cine. Hombre rico, hombre pobre (Rich Man, Poor Man, 1976) la exitosísima miniserie que examinaba las tribulaciones de la familia Jordache en el período entre la Segunda Guerra Mundial y los finales de la década del sesenta, fue un trabajo extraordinario que North supo desarrollar con las herramientas de su propio pasado como compositor. Volvió a sus fuentes, a su concepción más enraizada de los años cincuenta, cuando su inspiración estaba en el apogeo. Volvió al leitmotiv para retratar a cada uno de los personajes centrales de la miniserie, y logró redondear una excelente banda sonora, que le hizo ganar, entre otros, los premios Emmy y Grammy en el apartado musical.

La década del ochenta comenzaría con un excelente trabajo para una película enmarcada en el género de la aventura fantástica, El dragón del lago de fuego (Dragonslayer, Matthew Robbins, 1981). Con una orquesta de 89 músicos y una apuesta por la atonalidad y sonoridades siniestras apoyadas en los bronces más graves, esta banda sonora no tiene nada que ver con nada que se hubiere escuchado en películas de estas características, absolutamente ausente del clima épico estilo Star Wars, y con claras reminiscencias de la partitura que North compusiera para Cleopatra, más que nada en la instrumentación. Lo llamativo es que se trata de una coproducción angloamericana de la Paramount y Disney, por lo que es notable la temeraria decisión conceptual de North de arriesgarse con una  música básicamente atonal, aunque no exenta de pasajes melódicos de gran belleza. Fue nominado al Oscar, junto con John Williams por En busca del Arca perdida (Raiders of the Lost Ark), Dave Grusin por En el estanque dorado (On Golden Pond), Randy Newman por Ragtime, y Vangelis por Carros de fuego (Chariots of Fire), que fue quien se llevó la estatuilla, injustamente a nuestro criterio: la ganadora debió ser la magistral partitura de Williams para la película de Indiana Jones.

Luego de su reconciliación con el cineasta John Huston, quien se había ofendido con North por su rechazo a componer la banda de La noche de la iguana (The Night of the Iguana, 1964), ambos reconstruyeron la relación y trabajaron en cuatro películas: Sangre sabia (Wise Blood, 1979) que dotó de música folclórica americana; Bajo el volcán (Under the Volcano, 1984), en la que volvió a beber de la fuente mexicana para describir la infernal Danza de los muertos, con fuerte percusión y pizzicatos de cuerdas, y la atonalidad para retratar la pesadilla del alcohol a la que se rinde el cónsul Firmin de Albert Finney; El honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, 1985) comedia satírica sobre la mafia norteamericana con un Jack Nicholson magistral, que North engalana con música típicamente italiana mediante la adaptación de clásicos de Rossini, Donizetti y Puccini y una versión particular del Ave María de Schubert; y Dublineses, Los muertos (The Dead, 1987), el canto del cisne de Huston, que North despide con una partitura sobria y emotiva por igual, basada en arpa y flautas para retratar la ambientación irlandesa del film póstumo del gran realizador americano.

Intercaladas con los filmes mencionados de Huston, siguieron la revisitación de Muerte de un viajante (1985) versión TV Movie con Dustin Hoffman y dirigida por Volker Schlöndorff, y Buenos días, Vietnam (Good Morning, Vietnam, Barry Levinson, 1987), que no incluyó nada de la música de North en su edición discográfica, sino solo las canciones rock&pop de otros artistas.

Los últimos trabajos de North fueron El penitente (The Penitent, Cliff Osmond, 1988) y Poslední motyl (Karel Kachyna, 1991) un drama centrado en la Segunda Guerra Mundial protagonizado por Tom Courtenay, coproducción checo-francesa-británica, conocida como The Last Butterfly, en la que compartió la tarea con el compositor checo Milan Svoboda.

North estuvo casado con Gladlynne Sherle Treihart, con quien tuvo dos hijos y se divorció en 1966, y con Annemarie Hoellger, que le dio un hijo y se mantuvo a su lado hasta su muerte a causa de un cáncer, ocurrida en 1991 en su casa de Pacific Palisades en Los Angeles.

Pese a sus 15 nominaciones nunca fue galardonado con el Oscar de la Academia, con excepción del Honorary Award por su trayectoria, una suerte de premio consuelo que sabe a poco que recibió en 1986.

Como se puede ver, una carrera impresionante la de Alex North, que merece el reconocimiento de todo aquel amante de la música de cine, y que tiene, sin duda, sus niveles más altos de fama en las magníficas bandas sonoras de Espartaco y Cleopatra, pero que guarda en el interior una pléyade de partituras de gran significación, excelencia y exquisitez, más allá de la popularidad que alcanzara con su Unchained Melody, una de esas canciones que se identifican inmediatamente, y se adjudican a su intérprete, mientras su verdadero creador se mantiene, para muchos, en las sombras.

Algunos tienen la fortuna de saber su nombre: Alex North.

La obviedad conceptual marcaba que el prestigioso Miklos Rozsa, ya consolidado en el género, era el ideal para componer la banda sonora de Espartaco, pero Douglas y Kubrick no querían ser obvios, ni convencionales, querían romper el molde, querían evitar la impronta musical del maestro húngaro, su sonoridad grandiosa y espectacular apoyada en los vientos y metales…

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