IN MEMORIAM: Sean Connery – Nuestro recuerdo a través de la música de sus películas

IN MEMORIAM: Sean Connery – Nuestro recuerdo a través de la música de sus películas

Thomas Sean Connery – Fountainbridge, Edimburgo, Escocia, Reino Unido, 25 de agosto de 1930 – Nassau, Bahamas, 31 de octubre de 2020

El 31 de octubre de 2020, a los 90 años, nos dejó un vacío que solo podremos intentar llenar cada vez que volvamos a ver una de sus películas. Thomas Sean Connery, sin duda el mejor James Bond de todos los tiempos, nació en un humilde barrio de Edimburgo, hijo primogénito de Joseph, un obrero, camionero y católico ferviente, y de Effie, una empleada de limpieza protestante.

A los 20 años descubrió que las tablas eran su pasión y su futuro, cuando un amigo lo hizo entrar de tramoyista en el King’s Theatre y dos años después lo contrataron como extra en la obra “Sixty Glorious Years”. Se convirtió en Sean Connery, a secas, y luego de debutar en el cine como extra sin acreditar en Lilacs in the Spring (Herbert Wilcox, 1954) y participar en la televisión británica en series como The Condemned y Sailor of Fortune, ambas de 1956, encontró su primera oportunidad cuando Alvin Rakof, director de la BBC lo llamó para ser el protagonista masculino de Requiem por un peso medio (Requiem for a Heavyweight, 1957), uno de los episodios de la serie BBC Sunday-Night Theatre, capítulo en el que su amigo Michael Caine tenía un pequeñísimo papel. Con Caine coprotagonizaría la película de John Huston El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King, 1975).

Su popularidad llegó con un personaje para el que los productores Cubby Broccoli y Harry Saltzman probaron calzar en 200 actores, entre ellos Cary Grant, Richard Burton, James Mason y Peter Finch. Pero el agente 007 parecía estar hecho a la medida de Connery. El día que desde la ventana de su oficina lo vieron llegar “caminando como una pantera” le dieron el papel sin prueba de cámara.

En ese ya lejano 1962, filmó la primera película de la franquicia, 007 contra el Dr. No, y allí empezó el mito. Ese mismo año, participó también en una superproducción de la Fox del magnate Darryl F. Zanuck, El día más largo (The Longest Day) junto a un reparto pletórico de estrellas. Connery ya estaba en el firmamento.

Como James Bond filmó Desde Rusia con amor (1963), James Bond contra Goldfinger (1964), Operación Trueno (1965), 007: Solo se vive dos veces (1967) y Diamantes para la eternidad (1971), alejándose de la Eon Productions de Broccoli-Saltzman definitivamente. Pero volvió a ser un 007 veterano en una producción de la MGM por fuera de la franquicia en Nunca digas nunca jamás (1983) junto a una ascendente Kim Basinger que venía de la televisión y Barbara Carrera.

En 1964, el gran Alfred Hitchcock lo convocó para Marnie, la ladrona, e incluso le dejó leer el guion antes, algo que el maestro del suspense no acostumbraba a permitir.

Desfiló con su elegancia por decenas de películas, en las que también aportó sus indudables dotes actorales que hicieron de él una estrella, de esas que llenan la pantalla con su sola aparición. Y el paso de los años, lejos de jugarle en contra, lo benefició, dueño de una bendición genética que le permitió eludir cirugías y evitar caer en la adopción de un estilo juvenil que tentó a otros de su generación. La veteranía le sentaba perfecto. Y su imagen con barba entrecana comenzó a hacerse entrañable para el público.

Con Hitchcock en Marnie
Brumas de inquietud (Another Time, Another Place) con Lana Turner

Así pasó por El viento y el león (1975) como un jeque árabe que secuestraba a Candice Bergen, y en Robin y Marian (1976) encarnó al legendario proscrito de Sherwood en su avanzada madurez junto a una Lady Marian de lujo, Audrey Hepburn.

Siguieron Un puente lejano (A Bridge Too Far, 1977) superproducción bélica con, otra vez, reparto multiestelar y dirección de Sir Richard Attenborough, Atmósfera cero (Outland, Peter Hyams, 1981) y Los héroes del tiempo (Time Bandits, 1981) dirigida por Terry Gilliam, en la que se divirtió con los geniales Monty Phyton.

La década del ochenta lo consolidaría como la estrella que era con papeles que quedarían para la historia, como el Ramírez de Los inmortales (Highlander, Russell Mulcahy, 1986), el fraile William von Baskerville de El nombre de la rosa (The Name of the Rose, Jean-Jacques Annaud, 1986), y el sargento Jim Malone de Los intocables de Elliot Ness (The Untouchables, Brian De Palma, 1987) con el que ganaría su primer y único Oscar, a Mejor Actor de Reparto. 

Pero sería con el inolvidable Profesor Henry Jones de Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, Steven Spielberg, 1989), que Connery  se ganaría el corazón de todos, el padre de Indy, al que solo él podía interpretar.

En los noventa fue el almirante Marko Ramius en La caza al Octubre Rojo (The Hunt for Red October, John McTiernan, 1990), el rey Ricardo Corazón de León en Robin Hood: Príncipe de los ladrones (Robin Hood: Prince of Thieves, Kevin Reynolds, 1991) y el rey Arturo en El primer caballero (First Knight, Jerry Zucker, 1995).

Otros filmes de esa década: Dragonheart (Corazón de dragón, 1996) para la que aportó su inconfundible voz, La Roca (The Rock, Michael Bay, 1996), y Los vengadores (1998).

En los 2000 ya su trabajo comenzó a declinar. Se recuerdan Descubriendo a Forrester (2000) y La liga de los hombres extraordinarios (The League of the Extraordinary Gentlemen, Stephen Norrington, 2003) que fue su última película y un fracaso comercial.

En 2007 anunció su retiro de la pantalla grande: “Me cansé de tratar con idiotas –dijo- . En Hollywood es cada vez más grande la brecha entre los que saben hacer películas y los que las financian”.

La verdadera razón era que prefirió irse a tiempo, evitando papeles de viejo venido a menos y dando lástima. “Es un día triste para todos los que conocían y querían a mi padre, y una triste pérdida para toda la gente que disfrutó del don maravilloso que tuvo como actor”, dijo su hijo Jason Connery, que también comentó que su padre llevaba ya un tiempo mal de salud y que murió durante la noche acompañado por su familia en Nassau, en Bahamas, donde vivía feliz hacía muchos años. “Simplemente se apagó” dijo su esposa, la pintora francesa Micheline Roquebrune con la que Connery se casó en segundas nupcias en 1975, luego de su divorcio de la actriz Diane Cilento. “Murió mientras dormía y fue tranquilo, es lo que él quería”. “Va a ser muy difícil vivir sin él”, continuó.

Claro que sí, será muy difícil, para todos.

Se ha apagado una estrella, una más en este ya detestable 2020. Y ha nacido otra leyenda, como tantas otras que han salido de esa fábrica de ilusiones que es el cine.

Hasta cualquier momento, Sir Thomas Sean Connery.

Eduardo J. Manola – 4 de noviembre de 2020

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