Reseña.
Gordon Scott, policía e instructor militar para la Infantería de Marina del Ejército estadounidense, joven de físico espléndido aunque sin experiencia previa en la interpretación, es descubierto por un agente mientras labora como socorrista en la piscina de un hotel en Las Vegas y presentado al productor Sol Lesser, quien buscaba el relevo de Lex Barker como Tarzán
CENTENARIO DE GORDON SCOTT
LA SERIE DE TARZÁN
por Josep Ferran Valls
Scott debuta en el cine con Tarzán en la selva escondida (Tarzan’s Hidden Jungle, Harold D. Schuster, 1955), junto a Vera Miles, Peter Van Eyck, Jack Elam, Charles Fredericks, Richard Reeves, Don Bedford, Jester Hairston y Rex Ingram. El largometraje comparte con las películas de Johnny Weissmuller y Lex Barker el rodaje en blanco y negro, las constantes del personaje -tales como su limitado vocabulario-, la compañía de Chita, el retrato selvático de raíz edénica donde el vergel prohibido siempre es violentado por el hombre occidental y, por supuesto, a Lesser, quien había conducido el destino del hombre mono para la serie oficial desde que lo introdujese en la RKO.
Antes, Lesser había probado suerte en plena etapa Metro con productos de competencia inefectivos aunque curiosos, como La venganza de Tarzán (Tarzan’s Revenge, D. Ross Lederman, 1938).
Como adelantábamos, Scott empieza aquí su carrera artística e irá cogiendo soltura con cada nueva entrega. Vera Miles, su futura esposa, le aconseja bien durante el rodaje de esta tan sencilla como agradable historia sobre cazadores sin escrúpulos a la busca de grasa animal, pieles o marfil -entre ellos, el familiar Jack Elam-.
La exposición de sus actividades es cruenta. Toda la parte inicial se dedica a mostrar cómo derriban sin escrúpulos a leones, elefantes o gacelas -finalmente, ellos mismos serán pisoteados por paquidermos con igual implacabilidad-.
El conflicto se desata cuando los expoliadores deciden «cruzar el río», internándose en territorio Sukulu, lugar donde mora Tarzán. Según los ayudantes nativos, quienes tiemblan ante la idea de acercarse allí, es «tabú». Previamente, habían sufrido el ataque del hombre de la selva; Tarzán les redujo cuando pretendían cobrarse como pieza un elefantito tiroteado por los cazadores. Más tarde, Tarzán cauteriza su herida y encuentra al investigador médico Celliers (el espléndido Van Heyk), quien experimenta en la zona, y le ayuda a curarlo.
Los cazadores se hacen pasar por fotógrafos para obtener la protección del doctor e internarse en territorio de los Sukulu. Su asistente, encarnada por Miles, quien de forma indirecta suple a Jane, habitual pareja del salvaje, se baña desnuda en el río cuando es descubierta por el «jungle man», quien actúa de manera inocente, cual niño grande, y, ante el rubor de ella, termina arrojándole la ropa para que pueda vestirse dentro del agua.
El río simboliza la positividad que relaciona a ambos personajes: al principio habíamos visto a Tarzán nadando allí, feliz; incluso un cocodrilo pasaba por su lado sin prestarle atención. El río, a su vez, ejerce como frontera entre la selva expoliada y la prohibida, protegida, virgen. Cuando la chica cae en las arenas movedizas, Tarzán la salva y se comporta de manera similar al primer encuentro, amable e ingenuo, rociando su busto con el agua purificadora del río.
Los Sukulu pretenden castigar al médico y al auxiliar por traer cazadores al territorio. Tarzán debe cubrir dos frentes. Por un lado, acabar con los asesinos; lo consigue llamando a los elefantes con su reconocible grito. Por otro, salvar a la pareja de perecer devorados en un foso con leones, «simbas» que son rechazados hasta su cueva con ayuda de una lanza, de manera incruenta. En este filme narrado de forma efectiva mas sin complicaciones, Tarzán no mata a ningún animal, otro motivo de regocijo para el espectador.
Tarzán y el safari perdido (Tarzan and the Lost Safari, H. Bruce Humberstone, 1957), con Scott y Betta St. John, supone el primer título de la serie en color, entretenida aventura donde Tarzán ayuda a un safari a atravesar tierras del África oriental británica -ahora Kenia-, protegiéndolo contra los nativos belicosos. El mismo realizador encara la más dinámica Tarzán lucha por su vida (Tarzan’s Fight for Life, 1958), con Gordon Scott, Eve Brent, Rickie Sorensen, Jill Jarmyn y Cheta.
Dentro de su sencillez expositiva, aplicada a una trama tan lineal como interesante -en breve: el conflicto que se desencadena entre un hechicero africano y los doctores que tratan de asistir a su tribu, con el hombre-mono (magnífico Scott) en medio, empeñado en instaurar la medicina occidental y, de paso, librar a Jane (una blanda Brent) de su apendicitis-, Tarzan’s Fight for Life, nuevo opus del productor Sol Lesser, tiende un puente entre la tradición y los nuevos tiempos.
Siendo fiel a las constantes instauradas durante el ciclo de Weissmuller y prolongadas por Barker con más pena que gloria -vida familiar en la casa colgante, monerías de Chita y Boy, lenguaje del rey selvático a base de monosílabos-, este nuevo filme «tarzanesco» con Scott recurre a un nutrido porcentaje de material rodado por la segunda unidad con el doble del protagonista -contraplano en estudio- evolucionando por parajes naturales africanos -como la catarata que se desliza por una escalera de roca- o relacionándose con tribus negras y diversos animales; sin ir más lejos, en una delirante toma, consigue montar a lomos de una pequeña jirafa que corre con él al galope.
Así, este efectivo largometraje beneficiado por la condición atlética de Scott y la fiereza de Woody Strode como villano de lujo anticipa con timidez el naturalismo salvaje que impregnará la inminente La gran aventura de Tarzán. Tras la convencional Tarzán y los cazadores (Tarzan and the Trappers, Charles Hass y Sandy Howard, 1958), con Scott, Brent y Sorensen, condensado de dos episodios grabados para la televisión, llega La gran aventura de Tarzán (Tarzan’s Greatest Adventure, John Guillermin, 1959), con Gordon Scott, Sara Shane, Sean Connery, Anthony Quayle.
La renovación cinematográfica del personaje creado por Edgar Rice Burroughs viene de la mano del productor Sy Weintraub, quien sustituye al ya veterano Sol Lesser y, sin prescindir de Scott, introduce importantes novedades en la serie: parcial abandono del estudio en favor de escenarios naturales -aquí, la selva africana-, con lo cual se gana en crudeza y realismo, y un Tarzán más astuto, armado con arco y flechas, que habla fluidamente con el resto de personajes en escena.
Guillermin consigue obtener una aventura destinada, por vez primera en muchos años, al público adulto. Tendríamos que retroceder en el tiempo hasta los primeros filmes de Weissmuller para encontrar un producto similar. En esta obra maestra de la tendencia bien co-escrita y realizada por Guillermin se introduce un antagonista psicópata, Slade (Quayle), algo poco común en su época, quien, junto a su grupo, es perseguido por el hombre mono. Guillermin, en fundido encadenado, relaciona al héroe y al villano, situando a cada uno en una esquina del encuadre.
Ambos se conocían antes del inicio de la película, que explica como Slade y los suyos asaltan un poblado africano para hurtar dinamita -destinada a facilitar la obtención de diamantes-, asesinan sin reparo, y huyen en lancha motora por el río. El retorno de Slade remueve los malos recuerdos de Tarzán, relacionados con la matanza de animales, y atiza su deseo de retribución, mientras que a Slade lo guía el ansia de matar.
Tarzán persigue a Slade en piragua y, cuando el grupo de Slade la destruye, por tierra, cruzando la selva. Angie (Shane), la frívola aventurera que flirtea con Tarzán y se ve obligada a acompañarlo al estrellarse su avioneta, afirma que fue nombrada, por parte de las revistas de papel cuché, la mujer más elegante de la época, mientras vemos cómo su ropa se convierte en harapos durante el transcurso del viaje; manera original para expresar el paso del tiempo y lo agreste del recorrido selvático, que para Tarzán supone solo otro paseo por su hábitat natural.
Angie protagonizará un buen momento de suspense -existen varios a lo largo del relato- al entrar de forma inadvertida en la lancha atracada y obtener penicilina para Tarzán, herido por un cartucho de dinamita.
En el reparto, sumamos las presencias gratas de Scilla Gabel (El gladiador más fuerte del mundo, El molino de las mujeres de piedra) como Angie, pareja de Slade, y un joven Sean Connery -previo a James Bond- en la parte del miembro del grupo O’Bannion, villano «redneck» de cejas pobladas en constante tira y afloja con el capitán de la lancha, Dino (Al Mulock), componente de la banda con complejo edípico, quien sufrirá un trágico destino no desprovisto de cierto patetismo. Completa el grupito el nazi Kruger (McGinnis), experto en piedras preciosas, sudoroso, quien desea a Angie.
Los personajes secundarios se perfilan de manera magnífica. Sus particularidades y conflictos internos se encuentran entre las mayores virtudes del filme. Angie ama a Slade, quien la rescató de algún antro poco recomendable. Durante el trayecto, Slade retoza con ella en un recodo del río, siempre incentivado por Tony, nunca por iniciativa propia. Tony descubre que Slade no la quiere, que carece de sentimientos. Ni siquiera se interesa demasiado por los diamantes. Solo obtiene placer con el deseo de cazar y el ansia de matar al hombre mono.
El clímax de la película enfrenta a Tarzán y Slade. En una decisión narrativa insólita, Angie se aleja, comprende que su encuentro amoroso con Tarzán ha terminado, que el amor está fuera de lugar cuando los antagonistas bullen con la sed de sangre; no permanece a la espera del resultado porque, pase lo que pase, su historia allí acabó.
Los duelistas combaten en lo alto de una ladera escarpada. El cuchillo de Tarzán, el alambre corredizo del psicópata, los cactus, las piedras arrojadizas, son las armas que usan los contendientes. Con la violencia exacerbada, la fisicidad que impregna los planos del largometraje se torna casi insoportable. Uno de los dos enemigos cae, destrozado. El animal reclama su naturaleza salvaje, vuelve a la jungla.
Tarzán el justiciero (Tarzan The Magnificent, Robert Day, 1960), con Gordon Scott, Jock Mahoney, Betta St. John -quien repite en la serie-, supone la prolongación de la fórmula que tan buenos resultados diese en la película previa. Se rueda también en localizaciones africanas y traza un dificultoso itinerario. Robert Day -en adelante, cineasta vinculado a la serie de Tarzán-, como buen narrador, asienta y explota las constantes establecidas tras La gran aventura de Tarzán, incluidos el arco y las flechas.
Para la ocasión, el trayecto lleva al grupo de viajantes, al hombre mono y al asesino hecho prisionero por este, Coy Banton (Mahoney), hasta Kairobi; la familia del criminal, con Abel Banton (John Carradine) de patriarca, acecha al pequeño safari. Repite Al Mulock, presente en la anterior, especialista en personajes atormentados, esta vez como Martin Banton, maltratado por el padre severo en beneficio del rescate de su hermano Coy, ojito derecho de Abel. Las fricciones paternofiliales se saldan con el desastre.
Scott abandonó la serie, quejándose de su insuficiente sueldo, para recabar en Italia, donde encarnó a dos modélicos Maciste, más un buen puñado de interesantes personajes. Mahoney, espléndido villano en este filme, quien siempre anheló llevar el famoso taparrabos, sucedió a Scott en Tarzán en la India (Tarzan Goes to India, Guillermin, 1962) y Tarzán en peligro (Tarzan’s Three Challenges, Day, 1963), para ser sustituido por el más apropiado Mike Henry.
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