The Movie Scores

La música que Piero Piccioni compuso para este inolvidable exponente del péplum, el cine épico “made in Italy”, con esa marcha heroica que acompañaba las andanzas del hijo de Espartaco, ha marcado las  horas de una infancia exenta de internet, youtube o Netflix, pero repleta de sueños, imaginación y héroes a los que emular después de cada visionado

EL HIJO DE ESPARTACO (1962)

Il figlio di Spartacus

Piero Piccioni: A la sombra de Alex North

por Eduardo J. Manola

Tras su colaboración en Rómulo y Remo (Romolo e Remo, 1961), el músico turinés Piero Piccioni fue convocado nuevamente por el director Sergio Corbucci para componer la banda sonora de El hijo de Espartaco (Il Figlio di Spartacus, 1962), que sería el segundo y último Péplum en el que el compositor se vería involucrado.

 

Piccioni contaba en esos momentos con un ya consolidado prestigio en el mundo del cine, en el que desplegó toda su capacidad como compositor y músico de jazz y podía presumir de haber llegado a colaborar con grandes directores italianos como Francesco Rosi, Luchino Visconti, Roberto Rossellini y Bernardo Bertolucci, entre muchos otros, además de haber recorrido prácticamente todos los géneros y haber trabajado tanto para el cine como para la televisión e, incluso, para la radio cuando, en sus inicios, tocó en ese medio, debutando en 1938 en la radio Firenze, y en 1944, a los veintidós años volvió con su histórica big band llamada “013”, la primer orquesta de jazz italiana estable y la primera en haber sido transmitida por micrófono.

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Piccioni, escuchaba jazz desde niño y había aprendido a tocar el piano sin haber estudiado nunca en un conservatorio, era autodidacta ciento por ciento. A los trece años ya escribía canciones, algunas de las cuales fueron publicadas por la vieja discográfica Carisch. Entró en el ambiente cinematográfico en 1950, cuando Michelangelo Antonioni le encargó la música para el documental de uno de sus alumnos, Luigi Polidoro. 

 

Admirador de la cinematografía estadounidense y de grandes directores como John Ford, Frank Capra y Alfred Hitchcock, el músico italiano tenía como compositor favorito nada menos que a Alex North, que había influido en su concepción musical de raíces jazzísticas, y que dos años antes había construido una banda sonora maravillosa para Espartaco (Spartacus), la inmortal cinta de Stanley Kubrick con el gran Kirk Douglas como el famoso esclavo y gladiador tracio que llegó a poner en jaque el dominio del Imperio Romano.

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El compositor Piero Piccioni

El destino quiso que Piccioni se encontrara con la tarea de poner música a esa especie de secuela del film de Kubrick que fue El hijo de Espartaco, que contaba con la importante presencia del musculoso bodybuilder Steve Reeves (Mr. América, Mr. Mundo, y Mr. Universo entre 1947 y 1950), que desde sus orígenes en un rancho en Montana, y sin poseer gran talento para la actuación, supo con inteligencia e intuición, ganarse un lugar de privilegio en el Péplum italiano, convirtiéndose en el número uno y el más popular en ese particular género que tuvo su esplendor en la década del sesenta.

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Reeves encarna a Rando (Randus), un centurión romano fiel a Julio César (Ivo Garrani) que descubre que es el hijo de Espartaco y, de la noche a la mañana, se encuentra en la disyuntiva de mantener esa fidelidad al Imperio o responder a la llamada de su pasado rebelde. A caballo entre el Hércules de la mitología helena y El Zorro de Johnston McCulley, Rando se calzará el casco de su padre y blandirá su espada contra el tirano Crassus (Claudio Gora), rival de César, liberará prisioneros al borde de espantosas muertes, hará justicia donde no la haya y se pondrá al frente de los esclavos.

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Claudio Gora (Crassus)
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Piccioni, con la estrella de Alex North como guía, intentará escribir una partitura a la altura de su admirado colega, al que emulará más que nada en los pasajes que apoyan secuencias intimistas, dramáticas o siniestras, y se decantará en las escenas épicas o aventureras, por la marcialidad más trepidante, basada en una sólida estructura percusiva y con los metales como principales protagonistas, cuando el hijo de Espartaco se lance a sus actividades de justiciero enmascarado o, mejor dicho, encasquetado.

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La banda sonora contiene un variopinto muestrario de temas, que van desde lo descriptivo y lo diegético (en danzas como la Selvaggia y la Araba), atribuyendo a la sección de cuerdas el subrayado de las escenas más oscuras o místicas de la historia, con uso de reverberantes timbales, órgano atonal y vibráfono, hasta la coloratura orquestal más sinfónica y clásica, donde el turinés compone un excelente y pegadizo tema principal para el héroe, que irá intercalando en las diversas secuencias de acción y combates, apoyado en los cornos franceses y la percusión más enérgica de corte marcial y aventurero, aunque al inicio ensaya una especie de caos orquestal para dibujar la lucha interior del protagonista ante su misión, que finalmente se libera al son de la épica musicalidad de los metales, como queriendo enfatizar que la vida de un héroe no es fácil ni divertida.

La partitura original de Piccioni, tomada directamente de los rescatados masters monoaurales, fue editada, afortunadamente, en 2007 por la discográfica italiana Digitmovies, especializada en recuperar todas estas obras inéditas, y lo hizo con la estrecha colaboración de la C.A.M., otro sello que ha publicado infinidad de bandas sonoras de la cinematografía italiana.

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La música de Piccioni en esas escenas de acción es la delicia de todos aquellos que vivimos esa etapa inolvidable del cine épico “made in Italy” que, sin desconocer su humilde producción y sus defectos de factura y actuaciones, donde los buenos eran muy buenos y los malos muy malos, llenaba las  horas de una infancia exenta de internet, youtube o Netflix, pero repleta de sueños, imaginación y héroes a los que emular después de cada visionado de alguna de aquellas películas, calzando un casco de plástico o cartón y con una espada de madera como mejor arma para luchar por la justicia y liderar la rebelión contra imaginarios villanos, hasta que el inoportuno grito de mamá a “tomar la leche”, nos hiciera volver a la realidad.  

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