A propósito del célebre realizador sueco, es dable deducir al visionar El Sacrificio (Offret, 1986), que Tarkovski, en su eterna búsqueda de la captura del tiempo real, homenajea a Ingmar Bergman, eso sí, sin que por ello el director ruso se deshaga de su propia identidad y deje de respetar su propia esencia. La influencia del sueco se desvela en la incidencia del existencialismo más puro que destilan las imágenes de El Sacrificio, que también recibe algún influjo del absurdo teatral de Samuel Becket y del mismísimo Dostoievski de obras como Los Demonios o El Idiota. Hasta el surrealismo podría incluirse en esta suerte de mescolanza estilística y estética.
En Esculpir el tiempo, Tarkovski escribe: «… A través del arte, el ser humano se erige sobre la realidad a través de la experiencia subjetiva… Un descubrimiento artístico ocurre cada vez como una nueva y única imagen del mundo, un jeroglífico de verdad absoluta. Aparece como una revelación, como un deseo momentáneo y apasionado de asir intuitivamente y palpar todas las leyes del mundo –su belleza y su fealdad, su compasión y su crueldad, su infinitud y sus límites… A través de la imagen se sostiene una conciencia del infinito: lo eterno dentro de lo finito, lo espiritual dentro de lo material, lo ilimitado toma forma…” .
El tratamiento de los actores y sus performances, la manera de relacionarse con ellos, también lo une a Bergman, quien lograba sacarles lo mejor de sí y hacerles encarnar cualquier faceta, alejándolos de los vicios interpretativos de las estrellas de otros cines. No por nada, El Sacrificio cuenta con actores de Bergman, y la película se filmó en Suecia, en un ambiente netamente bergmaniano, y sin ninguna ayuda del aparato cultural soviético. Asimismo, los temas recurrentes de los filmes de Bergman se hallan también en la obra de Tarkovsky: el cuestionamiento a la imagen de Dios, la locura, la muerte, la sexualidad, y en Offret encontramos un elemento más que lo acerca al cineasta nórdico, y que también podría interpretarse como una forma de homenaje: la fotografía de Sven Nykvist, con sus planos abiertos, luminosos pero, al mismo tiempo, llenos de una densidad de grises, que cargan sus paisajes de una cierta pesadumbre estética y visual. Un gran representante de lo que se llama “fotografía naturalista”, un virtuoso de la imagen que llegó a trabajar con Polanski y Woody Allen, y que Tarkovski se empeñó en fichar para El Sacrificio.