En 1939 un grupo de exiliados españoles que escapaban de las consecuencias de la Guerra Civil encuentran refugio en Chile. La epopeya fue recuperada por la cinta de animación Winnipeg, el barco de la esperanza, y el compositor español Diego Navarro, fundador y director del afamado Fimucité (Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife), asumió el reto de componer la banda sonora. En TheMovieScores analizamos su trabajo, una partitura inteligente, de gran sensibilidad y ribetes épicos de notable emotividad, que suma, además, acertadas decisiones a nivel de estética musical y lenguaje narrativo.
BSO REVIEW
WINNIPEG, EL BARCO DE LA ESPERANZA (2026)
Diego Navarro: La música de la esperanza
Hay partituras que ilustran una película y otras que consiguen penetrar en su materia dramática hasta convertirse en una segunda narración. Winnipeg, el barco de la esperanza, largometraje de animación dirigido por Beñat Beitia y Elio Quiroga, pertenece a esta segunda categoría. La música compuesta por Diego Navarro no se limita a acompañar el viaje de Víctor y su hija Julia desde la España en ruinas hasta el Chile que los recibe como refugiados.
Lo transforma en un auténtico viaje musical, en el que la tragedia, el desarraigo, el miedo, la solidaridad y la esperanza aparecen organizados dentro de una dramaturgia sonora de considerable riqueza. La película ―una coproducción internacional en la que participan España, Chile y Argentina—, se basa en la novela gráfica Winnipeg, el barco de Neruda, de Laura Martel, y reconstruye uno de los episodios más singulares del exilio republicano español: la salida desde Francia del Winnipeg, el carguero que llevó a Chile a más de dos mil refugiados españoles en 1939, gracias a la iniciativa de Pablo Neruda y de los cuáqueros de París.
UNA PARTITURA QUE NACIÓ ANTES QUE LA PELÍCULA
Navarro estuvo vinculado al proyecto desde sus primeras etapas. Ya en 2020 se anunciaba que el compositor tinerfeño sería el responsable de la música de Winnipeg, el barco de la esperanza, un proyecto que por entonces se encontraba todavía en desarrollo y que había sido seleccionado en el marco de La Liga de Animación Iberoamericana. Pero existe un dato todavía más significativo. El tema principal fue escrito en 2020, durante el confinamiento, después de que Navarro leyera el guion. El compositor ha explicado que concibió aquella pieza como un canto a la esperanza precisamente durante una etapa histórica marcada por el aislamiento y la incertidumbre.
Esta singular circunstancia tiene un evidente interés retrospectivo, pues la historia que Navarro tenía delante hablaba de personas obligadas a abandonar su país, de familias separadas de su mundo, de seres humanos que desconocían cuál sería su futuro y que, sin embargo, encontraban una posibilidad de supervivencia gracias a la solidaridad de otros, y el compositor estaba escribiendo esa música mientras buena parte del planeta experimentaba una situación excepcional de confinamiento.
No sería correcto establecer una equivalencia entre ambas experiencias, pero sí resulta legítimo señalar que el contexto en el que nació el tema principal añade una particular resonancia a su concepto de esperanza. Navarro no partió únicamente de una reconstrucción histórica: escribió desde un presente que también conocía la incertidumbre. Él mismo ha definido posteriormente la partitura como uno de sus trabajos «más intimistas y personales», y ha resumido su contenido emocional en términos de nostalgia y dolor por la patria perdida, solidaridad, ilusión y el deseo de volver a empezar.
UN TEMA PRINCIPAL DE GRAN POTENCIA
El tema principal de la banda sonora ocupa algo más de cinco minutos en la edición discográfica del sello MovieScore Media, abre el álbum antes de que la música comience a desarrollar los distintos episodios de la historia, y funciona como una declaración de principios de la partitura.
Su planteamiento estético resulta, sencillamente, impactante, de una sonoridad sinfónica a la vieja usanza, que destila una épica contenida que emociona, no solo en la película sino fuera de ella, ya que contiene una fuerza evocadora que, personalmente, me llevó a volver a escucharlo, pero subiendo el volumen para estremecerme aún más, si cabe. Algo que no me ocurría desde hacía mucho, desde los tiempos del Williams más sinfónico o el Zimmer más enérgico.
Winnipeg – «Tema Principal» – music by Diego Navarro
A conseguir ese efecto de profunda emotividad contribuye la acertada elección de las formaciones que interpretan la partitura. Navarro escribió y orquestó la música —puntualmente para el tema principal tuvo la colaboración de Leigh Philips―, y dirigió a la ya mítica City of Prague Philharmonic Orchestra en las sesiones de grabación que se realizaron entre los Smecky Music Studios de Praga y el Espacio Cultural CajaCanarias de Santa Cruz de Tenerife.
El empleo de una formación como la Filarmónica de Praga no es un detalle menor. Una orquesta cinematográfica necesita responder tanto a las grandes escenas como a los pequeños movimientos emocionales, y en una película de animación esa capacidad resulta especialmente importante porque la música participa intensamente en la construcción del espacio y del ritmo.
La película no dispone de actores reales cuyo gesto o presencia física proporcionen por sí mismos toda la información emocional. La animación necesita crear ese vínculo mediante la suma de imagen, montaje, sonido, interpretación vocal y música. De ahí que la afirmación de los responsables de la película sobre la capacidad de la partitura para aportar profundidad «plano a plano» sea especialmente significativa. La música no está solamente detrás de las imágenes. Ayuda a dotarlas de espesor.
A ello se sumó el Coro de Voces Blancas del Conservatorio Profesional de Música de Santa Cruz de Tenerife dirigido por Juan Ramón Vinagre, habitual colaborador de Navarro en su extraordinaria obra para el Fimucité, y el Coro Masculino Winnipeg, dirigido por Javier Jonas Díaz, lo que proporciona al tema principal una personalidad especialmente definida.
El Coro Masculino Winnipeg canta las palabras latinas Navis Spei, «barco de la esperanza», junto con el nombre «Winnipeg». No estamos, por tanto, ante una vocalización arbitraria utilizada únicamente para aumentar la intensidad emocional de la música. Existe una conexión directa entre el texto cantado y la historia que se está narrando. Y, en este aspecto, existe además una segunda conexión, todavía más interesante.
EL ASPECTO CORAL COMO MEMORIA HISTÓRICA
Durante la investigación y preparación musical del proyecto se recuperó el recuerdo de la presencia de un coro vasco entre los pasajeros del Winnipeg, cuyos cantos ayudaron a hacer más llevadera la travesía. Así, Navarro convirtió ese elemento histórico en una de las características esenciales de la partitura, haciendo que la presencia del coro adquiera una doble función.
Por un lado, expone una dimensión puramente musical, pues proporciona a la escritura orquestal un componente vocal de gran fuerza. Por otro, representa dentro de la película la memoria de aquellos refugiados que viajaron realmente en el barco. Es una solución particularmente inteligente porque evita que el coro sea un simple recurso ornamental.
En muchas partituras cinematográficas, la entrada de una masa coral se utiliza para elevar una escena hacia una dimensión épica o espiritual. Por el contrario, aquí configura una justificación narrativa. La voz colectiva representa a una comunidad de personas desplazadas, y eso modifica considerablemente su significado.
Winnipeg – «Retrato de infancia» – music by Diego Navarro
El protagonista de la historia puede ser Víctor y su relación con Julia, pero el Winnipeg transportaba a una colectividad. La orquesta puede representar la dimensión histórica del acontecimiento; el coro puede representar a quienes lo vivieron. La combinación de ambos elementos es uno de los grandes aciertos conceptuales de la banda sonora.
JULIA: LA MIRADA INFANTIL SOBRE LA TRAGEDIA
La presencia de Julia introduce uno de los mayores desafíos dramáticos de la película. La historia que se cuenta es terrible, pero el punto de vista de una niña permite contemplarla desde un lugar diferente. La música tiene que mantener la gravedad de los acontecimientos sin contrarrestar esa perspectiva infantil.
El planteamiento me recuerda mucho al enfoque que Harper Lee le diera a su inolvidable Matar a un ruiseñor, donde la historia se cuenta desde la candidez y la pureza de Scout y Jem, los hermanitos protagonistas, y también al trabajo que el maestro Elmer Bernstein aplicó a la adaptación cinematográfica dirigida por Robert Mulligan e interpretada por Gregory Peck. Creo no equivocarme al pensar que Navarro no tuvo en cuenta la partitura de Bernstein, pero al escuchar Winnipeg, el barco de la esperanza sentí la misma emoción que siento cada vez que vuelvo a disfrutar de la música de Matar a un ruiseñor.
El propio equipo de Winnipeg explicó que buscaba precisamente una profundidad emocional particular en la interpretación de la niña protagonista. Los responsables de la producción destacaron, asimismo, que la banda sonora de Navarro contribuía decisivamente a alcanzar esa profundidad «plano a plano». La partitura responde a ello mediante una equilibrada oscilación entre lo íntimo y lo épico. La música puede contemplar el mundo desde los ojos de Julia y, poco después, ampliar el encuadre hasta convertir el destino de esos personajes en parte de una tragedia colectiva. Ese cambio de escala es uno de los elementos que mejor explican la eficacia cinematográfica del score.
Winnipeg – «El éxodo de los indeseables» – music by Diego Navarro
El desafío era, a mi modo de ver, musicalizar la tragedia sin convertirla en un espectáculo, evitando al mismo tiempo dramatizar el sufrimiento histórico con excesivo énfasis. La Guerra Civil, el exilio, los campos franceses de refugiados y la travesía atlántica constituían material suficiente para que la partitura pecara de una recurrente solemnidad, pero Navarro sortea la tentación y opta por alternar la dimensión histórica con una mirada íntima del drama de los personajes.
El relato no trata solamente sobre miles de refugiados, trata sobre un padre y una hija, y la música parece entender perfectamente esa diferencia. En ciertos pasajes, en los que Navarro da rienda suelta a su vena más lírica, he sentido que el violín solista deja entrever algún punto de contacto con el Schindler’s List de Williams, lo cual no me sorprende, conociendo que el maestro nacido en Long Island es uno de los faros musicales del compositor tinerfeño.
DE LA CALAMIDAD AL PORVENIR
La edición discográfica permite apreciar con bastante claridad la arquitectura dramática de la banda sonora. El álbum contiene 24 pistas y algo menos de 53 minutos de música. La sucesión de títulos resulta reveladora:
“Tema principal” / “Calamidad” / “Retrato de infancia” / “Huyendo de la tierra” / “Traición” / “Papá, me pesa mucho” / “Geografía de un adiós” / “Tenemos hambre” / “El éxodo de los indeseables” / “Ingenuidad” / “Camino de París” / “El triciclo de las promesas” / “Un poeta nos lleva al paraíso” / “Fuga explicando algunas cosas” / “¡No lo hagas, Julen!” / “Un tren hacia el porvenir” / “Un sueño entre ballenas” / “Pasarela al mañana” / “Zarpando hacia la fortuna” / “Nacer entre las olas” / “El brote tras la sequía” / “Mirando las estrellas” / “Tierra” / “Problema en el canal” / “Corazones abiertos” / “Incertidumbre” / “A lo mejor, no nos dejan desembarcar” / “¡Hemos llegado y es precioso!”.
Sin recurrir a una descripción programática de cada fragmento, los títulos permiten observar cómo Navarro ha organizado el viaje dramático, comenzando en la devastación y terminando en la llegada. Entre ambos extremos aparecen el éxodo, la infancia, el hambre, la huida, la imaginación, el viaje, el mar, la incertidumbre y finalmente la posibilidad de una nueva vida. Es decir, la estructura del álbum reproduce la estructura emocional de la película. No estamos ante una sucesión arbitraria de cues, sino ante una partitura cuyo recorrido general puede entenderse como una dramaturgia de transformación.
Winnipeg – «Zarpando hacia la fortuna» – music by Diego Navarro
Por su parte, el océano funciona como frontera. La llegada del Winnipeg introduce un cambio fundamental. Hasta ese momento, la música está vinculada al mundo de la tierra perdida: España, Francia, la huida, los campos, las estaciones, las fronteras. Cuando aparece el mar, la propia naturaleza del espacio dramático cambia, y el bloque temático correspondiente puede entenderse como una transformación emocional del relato. La tierra ha quedado atrás y los personajes se encuentran literalmente suspendidos entre un pasado que ya no pueden recuperar y un futuro de absoluta incertidumbre.
Aquí la música cinematográfica tiene una función particularmente delicada: el océano puede sugerir libertad y, al mismo tiempo, peligro y aislamiento. El horizonte promete una vida nueva, pero nadie puede garantizar que esa vida llegue a materializarse. Navarro aprovecha esa ambigüedad y hace navegar su música entre los extremos hasta un punto en que comienza a revelar una dimensión expansiva. La orquesta deja de representar únicamente aquello que los personajes han perdido y empieza a representar aquello que todavía pueden encontrar.
Es aquí donde la escritura sinfónica de Navarro adquiere toda su lógica cinematográfica: la amplitud sonora no representa simplemente grandeza, representa posibilidad. Puntualmente el tema «Zarpando hacia la fortuna», modélico en tal sentido, está construido sobre la base del tema principal, coros incluidos, que desprende una épica que calza como un guante con las imágenes que subraya, y que me recuerda los mejores momentos de la época dorada de la música cinematográfica de aquel Hollywood que contaba con maestros como Miklos Rozsa o Alfred Newman.
LA IMPORTANCIA DEL ELEMENTO CORAL
La escritura coral es, en mi opinión, uno de los mayores aciertos de toda la banda sonora. La combinación de voces blancas y coro masculino permite establecer una interesante dualidad tímbrica. No se trata simplemente de añadir «más voces» a la orquesta. Las diferentes masas corales aportan distintos colores humanos a la partitura. Y en una película cuyo argumento gira alrededor de una comunidad de personas desplazadas, esa presencia humana resulta particularmente apropiada. El coro puede representar una colectividad, la orquesta puede representar la historia, y las voces solistas, la memoria. Es una combinación muy cinematográfica.
La propia producción ha insistido en que el viaje del Winnipeg constituye un episodio de solidaridad excepcional, y Navarro ha situado esa idea en el centro de su concepción de la partitura. Por ejemplo, el tema «Corazones abiertos» puede entenderse como una culminación conceptual: después de haber acompañado la huida, la música comienza a hablar de quienes abren una puerta a los que lo han perdido todo. Y es precisamente aquí donde el título de la película y el concepto musical de Navarro terminan acoplándose a la perfección. El barco es la esperanza. Pero la esperanza existe porque alguien decidió ayudar.
Winnipeg – «Corazones abiertos» – music by Diego Navarro
Sin embargo, no hay que confundir esperanza con ausencia de peligro, y Navarro lo evidencia con profunda sutileza en los pasajes musicales finales del score, colocando los cues con una precisión dramática que sorprende en una cinta de animación. Cuando el espectador podría pensar que el viaje ya ha concluido, la música recuerda que todavía existe una última barrera.
La esperanza no es certeza, es posibilidad, y esa distinción resulta fundamental para que el desenlace tenga verdadero peso emocional. Al mantener la incertidumbre hasta prácticamente el final, Navarro conserva la tensión dramática, lo que revela su talento y su capacidad para consumar música y narrativa, sin perder emotividad.
Y finalmente, después de todo lo que ha ocurrido, la llegada a Valparaíso no necesita ser musicalmente una victoria triunfal en el sentido tradicional. La película no puede devolver a los protagonistas aquello que perdieron, y la música tampoco intenta hacerlo, lo que hace es conducirlos hacia adelante, y ese es quizás el aspecto más efectivo y sensible de una partitura que habiéndose gestado en confinamiento, termina hablando de libertad. Por eso su mensaje resulta tan eficaz. No es una esperanza ingenua. Es una esperanza que conoce el miedo.
DE LA PANTALLA A LA SALA DE CONCIERTOS
La importancia de la partitura ha quedado subrayada además por una circunstancia excepcional: hace pocos días, en septiembre de este año, 2026, apenas unos meses después del estreno de la película, Navarro llevó la música de Winnipeg al Festival de San Sebastián en forma de suite de concierto. La Euskadiko Orkestra y el Orfeón Donostiarra interpretaron la música bajo la dirección de Juan José Ocón, sincronizada con imágenes de la película proyectadas en una pantalla de gran formato.
Navarro explicó que la suite partía de cuatro piezas de la banda sonora original y reconstruía su recorrido emocional desde la tristeza de la Guerra Civil hasta la luz y la esperanza. Una música estrictamente funcional puede cumplir perfectamente su misión dentro de una película y, sin embargo, resultar difícil de trasladar al ámbito del concierto. No es el caso de Winnipeg, ya que el propio compositor ha podido construir una versión sinfónica autónoma, lo que indica que la partitura posee una arquitectura musical suficientemente sólida para sobrevivir fuera de las imágenes, conservando la suite el recorrido emocional que constituye la columna vertebral del filme.
LA MÚSICA QUE HACE POSIBLE LA ESPERANZA
El gran mérito de Diego Navarro en Winnipeg, el barco de la esperanza, es no haber caído en la tentación de pretender explicar aquello que las imágenes ya explican y, al mismo tiempo, conseguir la transformación de un acontecimiento histórico colectivo en una experiencia humana. La elección de una estética musical sinfónica amplia, combinada con el elemento coral, podría haber conducido fácilmente a una partitura excesivamente solemne. Sin embargo, la presencia constante de la dimensión íntima impide que la música se convierta en un simple monumento sonoro.
Winnipeg – «Hemos llegado, y es precioso» – music by Diego Navarro
Navarro entiende que la travesía del Winnipeg no es una epopeya porque haya un barco, un poeta y miles de refugiados. Es una epopeya porque esas personas, después de haber perdido casi todo, tuvieron la posibilidad de seguir adelante. La partitura convierte esa idea en su principal argumento musical.
Creo que Winnipeg, el barco de la esperanza es una de las mejores partituras de Diego Navarro. Sin duda los años y la experiencia han aportado lo suyo. Pero esos años y esa experiencia han profundizado la sensibilidad musical de un compositor que, además, posee una innata (y enorme) capacidad para la orquestación, sumada a su impresionante carrera como director.
Winnipeg es el nombre de un barco. Pero, en la música de Diego Navarro, ese nombre termina convirtiéndose también en el de una posibilidad. Una posibilidad llamada esperanza.