El conquistador de la Atlántida (Il conquistatore di Atlantide, Alfonso Brescia). Italia, Egipto. 1965. Con Kirk Morris, Luciana Gilli, Piero Lulli, Andrea Scotti, Mahmud El Sabba y Helene Chanel.
Sin duda, a muchos pilló desprevenido el ocaso del péplum. Visto en perspectiva, los signos que anticipaban la caída eran llamativos: presupuestos abaratados sistemáticamente, uso y abuso de stock-shots, repetición «ad nauseam» de esquemas narrativos… Mas, desde el interior de la industria, lo primordial era irse adaptando a la evolución del género temática y comercialmente.
Sin duda, el épico europeo, aunque ya herido de muerte merced a la irrupción de los spaghetti-westerns de Sergio Leone, en general, y el boom de Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), en particular, certificaron su defunción. Por eso son raros los péplums estrenados en 1965 y también escasa su influencia; todo ello conlleva el menosprecio por aquella etapa final y se despacha la crítica de los últimos ejemplares con comentarios despectivos.
El conquistador de la Atlántida, co-producción italo-egipcia holgada de medios -algo inusual entonces- cuyos exteriores se rodaron en bellos escenarios del desierto de Egipto, frecuenta, como tantos otros filmes italianos sesenteros, el género de aventuras. Lo hace introduciendo un personaje proveniente del péplum y, en su segundo tramo, derivando hacia la ciencia-ficción.
Kirk Morris -nacido en Venecia como Adriano Bellini- interpreta al viajero atlético que se enamora de Virna, «princesa de los desiertos» (Gilli) y, en la versión española, responde al nombre de Hércules. En italiano, sin embargo, en lugar de Ercole, se hace llamar Heracle. Heracles fue como los antiguos griegos nombraban al hijo del dios Zeus y la mortal Alcmena. Los romanos lo cambiarían por (nuestro) Hércules. Pues bien, Heracle afirma haber naufragado, de vuelta a Grecia, tras una expedición contra los partos -mejor situados en un contexto romano en lugar de griego-, y termina en la costa áfrico-arábiga.