El galardón que Musimagen le otorgará el 9 de octubre próximo al compositor Pascal Gaigne en la entrega VIII de los prestigiosos premios, nos brinda la oportunidad de rescatar las reseñas que nuestro colaborador Frederic Torres escribió sobre varias de las bandas sonoras de este singular y talentoso artista
PASCAL GAIGNE - Colección de reseñas
por Frederic Torres
Lasa & Zabala (2014)
Quartet Records (2014)
La coincidencia de este “Lasa & Zabala” con “Loreak” (“Flores”, en su traducción del original euskera) en la cartelera cinematográfica resulta tremendamente significativa del momento actual que atraviesa Pascal Gaigne, capaz de encargarse de dos proyectos de características tan radicalmente diferentes como estos y conseguir editarlos en disco a través del sello español “Quartet”, prosiguiendo con una labor que empieza a adquirir dejes románticos dados los tiempos virtuales que corren.
Así, mientras que “Loreak” es una partitura de connotaciones poéticas, no exenta de ciertos elementos de suspense y provista de un elegante y sereno tema principal que establece sus parámetros a partir de la observación del detalle y las emociones cotidianas, “Lasa & Zabala” es un thriller centrado en uno de los episodios recientes más oscuros y polémicos del conflicto vasco por lo que, lógicamente, emplea unas directrices completamente diferentes observables ya en los mismos créditos iniciales (“Lasa eta Zabala”), provistos de unos efectos percusivos que adquieren un protagonismo definitivo en la conclusión del tema (coincidiendo tangencialmente con el tratamiento que otorgara José Nieto a “Días Contados”, otro film que también tenía en su eje argumental a los etarras), y que junto a los scherzos de la cuerda y las pirámides de los metales cumplen ejemplarmente la misión de tensionar al espectador.
El tema central se desarrolla a través de una exposición epatante no obstante quedar la mayor parte del discurso establecido en torno a un acompañamiento de la intriga argumental en el que el papel del sintetizador y las componendas atmosféricas que que se le suelen asociar, especialmente en el tramo final del film (“Nuevos Indicios”, “Renuncia”, “Revelación”), marida coherentemente con los componentes orquestales (a cargo de la “The Bulgarian Sumphony Orchestra”, bajo la batuta de Claudio Ianni), de entre los cuales cobran un protagonismo principal el piano (Atanas Atanasov) y el arpa (Iliana Selymska), casi siempre presentes como introducción y guía de la mayor parte del conjunto de la partitura (“Un Día Normal”, “Introspección”).
A esta impresión contribuye también la inclusión de breves fragmentos de carácter incidental, los cuales, por su propia naturaleza, están mediatizados en su funcionalidad (“Baiona Ttpia”, “Vigilados”, “Dudas Razonables”, “Espera Tensa”), pues se trata de pequeñas intervenciones dirigidas a sostener la continuidad narrativa que Gaigne aborda desde diversas perspectivas situacionales (“Fuya de Goves”, “¡Aitor!”).
En esta línea, destaca un motivo levemente rítmico de características “conspiratorias” (“La Trama”, “Subliminal”, “Identificación” y el final de “Introspección” se hacen eco del mismo), al efecto de regular/incrementar adecuadamente la tensión (algo empleado por el mismísimo Williams de “JFK” a través de su fragmento “The Conspirators”).
Tal como dictan los cánones genéricos que cualquier thriller debe manejar, el dinamismo y la pulsión rítmica se arrogan un papel primordial a la hora de acompañar los momentos impactantes de la narración (“Raptados”, “Acción-Reacción”), contemplados desde una perspectiva que rinde homenaje al thriller clásico (las herrmanianas “Coincidencias”, “Identificación”, “Amenazas” y las dos partes de la extensa “La Cumbre”), con sostenidos y trémolos de cuerda, así como con clásicos y efectivos solos de clarinete (a los que el arpa y los leves pizzicatos proporcionan el punto justo y casi imperceptible de desasosegante inquietud), pero sin dejar por ello de posar la vista en el thriller político italiano de los setenta (especialmente detectable en la conclusión del film –“Sentencia Final”-, títulos de crédito incluidos, -“Justicia”-), tal como apunta el dinámico scherzo apoyado por el piano al que se le van añadiendo ingredientes (rasgados del metal y diversas combinaciones de viento) de pulsión minimalista, al más puro estilo morriconiano.
Lasa & Zabala – «Títulos» – music by Pascal Gaigne
En este sentido, si bien el compositor romano se encargó en su momento de un proyecto como “Operación Ogro”, cuya ilustración del operativo etarra para la excavación del túnel a través del cual colocar los explosivos que provocaron la voladura del automóvil que ocupaba Carrero Blanco, el delfín del dictador Franco, posee ciertas concomitancias temáticas (que no de estilo, pues Gaigne se mueve en terrenos mucho más contemporáneos) con los fragmentos citados, la principal y notable diferencia entre ambas partituras estriba en que mientras la película de Pontecorvo se centraba más en la lucha y la causa de los etarras, para lo que Morricone no dudaba en emplear algún emblemático himno como el “Euzko Gudariak” (que en el disco daba lugar al tema titulado “Canto Basco”), utilizado habitualmente en los actos reivindicativos de la izquierda abertzale, esta “Lasa & Zabala” pivota principalmente sobre las consecuencias de esa lucha, por lo que Gaigne, aunque no renuncia a ciertos ecos y concomitancias sobre el origen y las raíces de los personajes que titulan el film (detectables en el motivo principal, así como en los tonos y la rítmica de la percusión empleada, que el compositor conoce perfectamente después de vivir desde hace décadas en el País Vasco), se inclina definitivamente por afirmarse en bloques musicales como “Adiós a Joxean y Joxi”, “Eskizofrenia” y “Revelación”, que invitan antes a la reflexión sobre las implicaciones de esa lucha que no directamente a la misma.
Para ello, el compositor emplea en estos fragmentos un efecto electrónico de reminiscencias “punzantes”, casi hirientes, el cual aplicado con mesura y perfectamente combinado con la gravedad de la cuerda logra convocar tanto la reflexión como la evocación emotiva acerca del sinsentido y las consecuencias de la violencia y la venganza.
Es la guinda que corona un trabajo a priori ajustado a un marco genérico que Gaigne logra trascender, una vez más, llevándolo a terrenos de expresión personal más allá de la subyugación funcional a las imágenes que sirve (algo totalmente conseguido, por otro lado), certificando la calidad de un trabajo que permite la escucha de un modo autónomo y que revela la pulsión propia de un auténtico compositor, independientemente del género que se trate y quien sea el director que esté detrás del proyecto.
El Faro de las Orcas (2016)
Quartet Records QR-261 (2016)
Cuenta el director del film, Gerardo Olivares, en el interior del digipack de este disco que contiene la música de Pascal Gaigne, que descubrió al compositor gracias al visionado de “Loreak” (“Flores”), reciente producción vasca por cuya partitura estuvo nominado al Goya, y que tras la presente colaboración seguirá de ahora en adelante contando con él dada la gran empatía y conexión existente entre ambos.
Es una lástima que no lo hubiera descubierto unas décadas antes (las que ya lleva a sus espaldas trabajando en el cine español el compositor francés afincado en Donosti), pero cabe alabar las futuras intenciones del director, quien hasta ahora no había repetido músico ni una sola vez en ninguna de sus películas (“La Gran Final”, “14 Km” o “Entre Lobos”), porque seguro que van a ser capaces de ofrecer obras con la misma sensibilidad y calado emocional de las aquí exhibidas.
Al menos, eso es lo que se desprende de la consecución entre pretensiones y resultados acometida en “El Faro de las Orcas”, una historia triangular formada por Beto (interpretado por Joaquín Furriel), Tristán (Joaquín Rapalini) y Lola (Maribel Verdú), la madre de este último, que viaja desde España a la Patagonia para tratar de paliar el autismo de su hijo a quien casualmente le ha llamado la atención la labor de Beto, el guarda de una reserva marina poblada de orcas, tras ver un documental en la televisión.
La historia se basa en la experiencia real vivida por el auténtico Beto Bubas, quien previamente la había trasladado a un libro que Herrero ha adaptado contando con la receptividad de Gaigne, que ofrece un tema principal emotivo, de los que calan hondo, y que se acopla como un guante a las cálidas imágenes filmadas por el director.
El compositor define su partitura como “un entramado de sensaciones, sentimientos cruzados, ritmos íntimamente obsesivos, melodías estiradas en el espacio, silencios brutalmente sonoros, olas armónicas que provienen desde el más profundo inconsciente”.
Y no puede estar más acertado, la verdad. Todo ello y más conforma la estructura de esta exquisitez que posee un tema principal pleno de lirismo, fiel reflejo del sello de su autor, quien ha vuelto a contar con la complicidad de la experta batuta de David Hernando Rico al mando de la “Bratislava Symphony Orchestra” (algún día habrá que debatir con seriedad el porqué de la recurrencia con que los compositores del cine español emplean estas orquestas, caracterizadas por la profesionalidad y la infraestructura adecuadas, en oposición al desdén y cierto menosprecio de las propias, las cuales no obstante han demostrado en numerosas ocasiones –los registros del sello Quartet dan fe de ello- que podrían ser tan válidas o más que aquellas si se facilitaran los medios y se tomaran con seriedad los propósitos y necesidades de los compositores de la especialidad), distribuyendo entre media docena de solistas el desarrollo de esta hermosa composición, entre los que destaca el piano (en manos del habitual Pérez de Azpeitia), el saxo soprano (Josetxo Silguero), el acordeón y la acordina, un instrumento a mitad de camino del anterior y la armónica (ambos interpretados por Iñaki Dieguez), además del arpa (Marianne Leclerc) y el cello (Ivan Tvrdik).
Así, el arpa y el piano son los grandes protagonistas (con apoyo orquestal) de ese gran tema expuesto en “El Faro de las Orcas”, a pesar que los tres fragmentos anteriores estén relacionados con Tristán y su fascinación por las orcas, del que es un bello ejemplo “Amanecer en Patagonia”, que abre el disco y cuenta con unas notas de piano insistentes (el ritmo obsesivo que describe Gaigne), al que se le añaden “olas armónicas” ejecutadas con la cuerda y la acordina antes de la aparición del solo del saxo.
El faro de las orcas – «Amanecer en Patagonia» – music by Pascal Gaigne
El compositor manifiesta que la inspiración musical sigue siendo un misterio para él (tal como ha confesado en varios textos de las carpetillas de sus discos, incluyendo la presente), y es por ello que su música, la del film, participa y se envuelve de ese misterio.
Así, aunque Beto toque la armónica para atraer a las orcas, el instrumento no puede contar con presencia en la partitura debido a que se trata de una referencia puramente diegética, perteneciente al plano de la “realidad”, por lo que su inclusión desvirtuaría, por intrusiva, el nivel de sugerencia de su planteamiento, más plausible a través del “eco” que de ello proporciona la peculiar acordina.
Es un tema que juega con la sensorialidad, del que Gaigne extrae múltiples variaciones (casi todas ellas relacionadas con Beto y las orcas), en ocasiones centrándose solo en la introducción del tema, como en “Tristán”, otras con intervenciones casi onomatopéyicas a cargo del saxo, como ocurre en las breves “Desde Lejos”, “¡Agarraros!” y “Una Cometa”, en la que se produce cierta identificación con el movimiento.
Y sobre todo en la impresionista “Primer Contacto”, uno de los fragmentos más bellos del score. Pero que también adquiere proporciones emocionales en “Volver a Casa”, “Perdido en la Playa” o en “Historia de Lola”.
A ello cabe añadir un motivo dinámico, de mayor calado sinfónico, que se escucha por primera vez en “¡¡¡Atacan!!!” y que culmina en el fragmento de mayor duración del disco, “Volar Solo” (de casi más de seis minutos de duración), en el que tras el solo de saxo (acompañado en segundo plano por el piano) del tema de Tristán, el scherzo de las cuerdas, combinadas con la percusión, dan paso (en la cuerda una vez más) a ciertas ínfulas minimalistas que Gaigne introduce como cima de ese dinamismo, antes de detenerse y sumergir al espectador en “un silencio brutalmente sonoro”, una especie de onda emocional que remite a algunos momentos de su anterior “Loreak”.
Pero es el tema de “El Faro de las Orcas” el auténtico hallazgo de la partitura, una composición melódica de plenitud emotiva, a la que el compositor da preeminencia bajo el mismo título (al que agrega algún adjetivo relativo a la belleza del paisaje, pero que bien podría aplicarse a su música, como en “El Faro de las Orcas (¡Qué Maravilla!)”), con la capacidad de reconvertirlo incluso en un tema de ínfulas “pastoriles” (mejor cabría decir “marineras”), tal como ocurre en “Chaka y Beto” y “Jugando con Chaka”, en las que debido a la intervención de los pizzicatos de la cuerda y a una orquestación derivada hacia el viento-madera, se dulcifica el lirismo con una disposición hacia la gracia y la vitalidad generada por el contacto con la naturaleza (las orcas en cuestión, y en concreto con “Chaka”).
Una obra que sobresale con distinción y que cualifica a Gaigne como uno de los poseedores del don para ofrecer una música dual, capaz de apuntalar la complicidad entre los aspectos expresivos y emocionales de cualquiera que sea el film que lleve entre manos, como de asumir una autonomía propia que la caracterice por separado de las imágenes a las que sirve gracias a una plenitud de impresiones, de sugerencias, que la dotan de una vida tan propia como independiente. Un auténtico logro.
En este contexto no deja de ser una mera anécdota que esta partitura vaya a pasar desapercibida a la hora de las nominaciones a los Goya por una simple cuestión de tiempo, dado que el estreno no ha podido producirse a tiempo, a pesar que el compositor sí estará entre los cuatro finalistas gracias a su trabajo en “El Olivo”, otra estimable composición creada para la película de Icíar Bollaín.
Pero es que Gaigne define la música como “uno de los más importantes testimonios de la relación entre la naturaleza y lo humano, con algún secreto añadido que sinceramente espero no descubrir nunca”, al tiempo que señala al mar como una de sus mayores fuentes de inspiración, sino la que más.
Si a ese secreto se le añade el ya citado que transmite la propia música y que el autor prefiere preservar, intercambiando los términos de la sentencia que el enorme Fernando Pessoa aseveraba a través de su heterónimo Bernardo Soares en el “Libro del Desasosiego”, cuando escribía aquello de “la mujer, una buena fuente de sueños.
Nunca la toques”, situándolo en la base misma de su motivación, solo cabe esperar que el compositor se deje llevar y mantenga infracta su curiosidad. Gaigne intuye y adivina cuál es el motor de su creatividad, la presencia mágica que más vale no desentrañar. Y es que la simple contemplación del mar puede convertirse en un ejercicio poético. Escuchar la música de Pascal Gaigne, lo es.
El Olivo (2016)
Quartet Records QR232 (2016)
En un año caracterizado por la intensidad de la carga de trabajo, Pascal Gaigne presenta su segundo disco a través del sello Quartet Records en el intervalo de pocos meses (el primero fue la estimable partitura de la comedia “Embarazados”), circunstancia de la que el aficionado debe congratularse dada la calidad de los resultados que Gaigne suele ofrecer se trate del género que se trate.
Para “El Olivo”, el nuevo film de Icíar Bollaín, que transita de manera intermitente entre el drama y la ocasional comedia, se da la circunstancia que la brevedad de la partitura ha facilitado la incorporación de los otros trabajos del compositor con la directora por lo que el disco se presenta como una especie de recopilatorio cuya primicia es la recuperación de la partitura para “Flores de otro Mundo”, su primera obra conjunta (del año 2000), que a estas alturas restaba inédita, así como un tema del reciente documental “En Tierra Extraña”, además de una sustanciosa representación de “Katmandú, un Espejo en el Cielo”, una de las obras por las que Gaigne siente especial debilidad y que, esta sí, ya había visto la luz con anterioridad (cuya inclusión obedece, pues, a criterios completistas).
Acompañada de un aclaratorio libreto en el que Bollaín y Gaigne exponen sus intenciones y argumentos, la presente edición se constituye en todo un acontecimiento que va más allá de la consideración de última novedad, un disco que se antoja imprescindible tanto para los seguidores de una, como del otro.
Así, la estructura de “El Olivo” dispone una perspectiva dual vinculada por un lado al dinamismo propio de la juventud y por otro a la serena reflexión que proporciona la vejez. Una es la representación del movimiento, del avance, y la otra, la de la quietud, de la fortaleza de las raíces.
Manifiesta Bollaín en la citada carpetilla que quería repetir insistentemente durante la primera parte del film el leiv-motiv dinámico que caracteriza a Ana, la veinteañera protagonista que implica a sus amigas, Wiki y Adelle, al tío “Alcachofa” y a su joven socio, Rafa, como también a sus convecinos, a fin de “repatriar” el olivo milenario que da título a la historia para trasladar ese tema “local” a la segunda parte de la película, cuando esta se convierte en una especie de road movie en la consecución de la localización del árbol replantado en algún lugar de Centroeuropa, desplazando la acción a tierras alemanas, para que el espectador no quedara desorientado ante el drástico cambio contextual. Gaigne, al mismo tiempo, reivindica la inspiración y la intuición como motores del misterio que rodea la composición de una obra musical.
Aun entendiendo y ofreciendo diferentes posibilidades a la directora para que su idea lograra llegar a buen puerto, ese “misterio” es el que explica, por paradójico que pueda resultar ante el incesante trabajo realizado, que en un momento dado ambos se den cuenta cuando se ha llegado a la plena identificación entre las imágenes y la música que debe acompañarlas.
El olivo – «El olivo part 1» – music by Pascal Gaigne
Un supuesto origen mágico de la música que Gaigne sabe reflejar en sus composiciones y gracias al cual su intervención alcanza las emociones más profundas del espectador y del melómano sin llegar a resultar nunca invasivo (como así lo reconoce Bollaín), jugando con los silencios y solapándose a las necesidades fílmicas (efectos de sonido, diálogos, etc.).
Para llegar a tocar esa fibra sensible al compositor le basta una formación orquestal, la Orquesta Sinfónica de Bratislava, bajo la experta batuta de David Hernando Rico, comandada principalmente por la cuerda, el piano (con el habitual Javier Pérez de Azpeitia), el arpa, el acordeón, la celesta y la mandolina (ambas en manos del propio Gaigne), como también algunos solos del viento (en especial del clarinete) y el refuerzo del sintetizador, siempre empleado con mesura también por el propio compositor.
De la combinación de todos estos elementos surge un vals de características obsesivas, minimalistas, en el que el piano es interpretado tanto de un modo solista como “torrencialmente”, alternándose en este papel con el viento, y combinado con los pizzicatos de la cuerda. A ese fondo se van añadiendo los diversos solos o duetos de entre los que destaca el de la mandolina y la intervención del acordeón.
El tema de la serenidad está repleto de sugerentes connotaciones melancólicas que apelan a la misma expansiva sensorialidad con que el compositor ya se empleo en la hermosa “Loreak”, a la que recuerda en forma y contenido, y se convierte en el contrapunto adecuado del tema dinámico apoyándose para ello en la sucesión de solos de piano y violoncelo, sustituidos ambos ocasionalmente por el arpa.
A través de este emotivo tema, dedicado al abuelo Atulo (y por ende, al árbol), que dejó de hablar cuando se llevaron el olivo milenario del pueblo y que ahora se niega ya incluso a comer, motivo que lleva a su nieta Ana a movilizar a todos aquellos que la rodean para recuperar ese olivo, metáfora fabulada de las raíces arraigadas en el recuerdo y de unas vivencias que los nuevos tiempos tratan de arrollar en aras de una homogeneización mal entendida, es con el que Gaigne llega al corazón de la historia reivindicada por la directora, en un trasunto viajero actualizado de aquel otro emprendido por las dos hermanas que buscaban al “padre” (también por tierras alemanas) en aquella irrepetible obra del maestro Angelopoulos titulada “Paisaje en la Niebla” (también, como en esta, acompañada por un vals compuesto por la inmensa Eleni Karaindrou).
Y como en “Embarazados”, Gaigne estructura su partitura en forma de suites. Allí, para evitar un posible y caótico efecto de dispersión. Aquí, para no resultar especialmente repetitivo (algo que evita solo en parte), dado el carácter bipolar de su esencia.
De modo que, tal como también es característico del buen hacer del no menos talentoso Carles Cases (ambos autores parecen entender que una cosa es la música aplicada en la película, y otra muy distinta su presentación discográfica), la obra se agrupa en cinco pequeñas suites, la primera de las cuales se convierte en la más extensa con una duración próxima a los ocho minutos.
Una delicia para los sentidos cuya forma ya se perfila en su anterior film, “Katmandú”, cuyo homónimo primer fragmento se extiende coincidentemente a lo largo de la misma generosa duración, perfilándose como una especie de minisuite del resto de la delicada y bella partitura, representada con seis cortes más y que tiene en el protagonismo del piano, la flauta, el arpa y el violín su baza dramática, instrumentos a los que se adicionan otros de carácter poco habitual y más local como el Hang (que tiene forma de “platillo volante”) y las tablas en la percusión, o el Nickel arpa, instrumento de cuerda cromático muy utilizado en Dinamarca y Suecia.
Una dualidad de estilos que oscila entre el clasicismo y la intriga sonora favorecida por la música étnica, peculiaridad ya muy presente en “Flores de otro Mundo”, con una orquestación que incorpora el piano, el acordeón, el clarinete, el saxo y el violoncelo, pero también diversas guitarras y percusiones norteafricanas, así como el berimbao y el kanún, cuya ambivalencia entre los motivos exóticos (“Flores de otro Mundo”, “Se Va Milady”, “Ruinas”, “Tejados”), se alterna con otros más ortodoxos (“Damián y Patricia”, “Rosi”, “Invernadero”, “Ruptura”), en los que los solos de piano y clarinete funcionan como contrapunto, sin desdeñar los momentos atmosféricos y más puramente incidentales (“Janay”, “Ruinas”, provistos ambos de cierto refuerzo sintetizado), así como otros de características contemporáneas (jazzísticas) y casi ambientales (“Dos Caballos 1”, “Dos Caballos 2”), en los que el bajo eléctrico hace acto de presencia. Asimismo, los saxofones son los protagonistas del único tema de “En Tierra Extraña”, fragmento descartado de la anterior partitura que Bollaín decidió recuperar para su documental catorce años después de haberlo desechado.
Como explica Gaigne en la carpetilla, el tema estaba escrito para ella, solo que ambos desconocían cuándo lo llegarían a utilizar. Una reflexión no exenta de cierto toque de humor que retrata el entendimiento entre ambos autores y que es de desear perdure, por mucho que el compositor no desee avanzar más allá del presente a la hora de augurar futuras posibilidades con la directora. Eso sí, un presente hecho realidad.
Plan de Fuga (2016)
Atresmúsica/Quartet Records (2017)
La primera incursión discográfica en el presente curso supone un giro (que no un cambio de rumbo) en el último recorrido de Pascal Gaigne, pues se trata de una inmersión en el cine de género muy alejado, por tanto, de los interesantes dramas provistos de ciertas ínfulas autorales que tan excelentes resultados le han aportado en los últimos tiempos gracias a sus reconocidas partituras para “Loreak”, “El Olivo” o “El Faro de las Orcas”.
En esta ocasión, Gaigne ha aceptado participar en un thriller de acción dirigido por Iñaki Dorronsoro (“La Distancia”, 2006), al que ha sabido dotar de la atmósfera adecuada gracias al tono jazzy de sus elementos solistas, como así ocurre con la inapreciable participación del trompetista Chris Kase, un norteamericano afincado en nuestras tierras con unos cuantos álbumes grabados a sus espaldas (entre los cuales están “Te Espero Aquí”, “My Private Circus” y “Six”), que mantiene destacadas intervenciones a lo largo de la partitura comenzando por el mismo tema central.
Con ese particular tono de improvisada aplicación con que se emplea Kase (especialmente en determinados momentos del enorme fragmento que es “Atraco”, dicho no solo porque su duración se acerque a los diez minutos de duración, sino porque supone el momento culminante del film), al atento audiófilo le vendrán a la mente figuras de la talla de un Mark Isham o un Terence Blanchard (por no citar a un referente mayor como Miles Davis).
Y es que citar aquí nombres de esta envergadura puede implicar un punto de desmesura, que el propio Gaigne desautorizaría con la humildad que le caracteriza, pero lo cierto y real es que no se trata más que de una cuestión de proporciones. Seguramente, las mismas que separan la proyección internacional del cine norteamericano (con obras del calibre de “Cool World” y “The Public Eye”, de Isham, o “”Inside Man” y “25th Hour”, de Blanchard) de la difusión de un film pergeñado en estos lares que por desgracia difícilmente logrará hacerse un hueco allende las fronteras estatales.
Como quiera que sea, el nutritivo arranque discográfico de este “Plan de Fuga” no deja lugar a dudas acerca de los derroteros con los que el compositor enfoca este trabajo sobre un “atraco perfecto”, que le retrotrae a un mundo jazzy un tanto oculto en su obra, pero que Gaigne aprecia profundamente en su fuero interno. Y se nota. La participación de Kase no es un hecho gratuito cuando se quieren obtener unos resultados de cierto nivel.
Y Gaigne es un compositor poco conformista en este sentido que sabe amoldarse a los presupuestos de producción extrayendo el máximo potencial con aquellos recursos de los que dispone, que en este caso le han permitido contar una vez más con la batuta de David Hernando Rico al frente de la “Bratislava Symphony Orchestra”, además del contrabajo de Antonio Miguel (magnífico en la resolución de la citada “Atraco”) y el saxo de Mikel Andueza (con gran protagonismo en la significativa “Conversación Tango”, en duelo con Kase).
En este sentido, el uso del andamiaje electrónico es ejemplar a la par que mesurado, generando atmósferas inquietantes como resulta “En Casa de Ramón”, en el que la programación de los sintetizadores prima sobre cualquier otro elemento.
También lo es a la hora de establecer someros acompañamientos de la acción orquestal principal, caso de la percusión sintetizada de la misma “Plan de Fuga”, de “Torre Norte”, “Artificiero” (fragmento que acaba dispensando un onirismo tensional muy sugerente), o “Garaje” (en la que los sintetizadores trazan una atmósfera turbulenta y espesa).
No obstante, a pesar de la engrasada trama y de las diferentes localizaciones que dejan pocos resquicios al aliento del espectador, no faltan aquellos momentos en que la trompeta de Kase tiñe de cierto halo lírico una narración significada por la condición viril de los protagonistas: Alain Hernández, Javier Gutiérrez y Luís Tosar (más allá de la participación de Alba Galocha e Itziar Atienza), como es el caso del largo fragmento “¡Es él!/Hay un Problema/Primer Butrón”, caracterizado en un sentido amplio por el dinamismo pero concluido con un solitario solo de Kase.
También de “Torre Norte” y “No me Encuentro Bien/Hay Alguien Fuera”, y sobre todo de “Tenía un Amigo/En Casa”, un elegante y evocador blues (en el que participa la cuerda) dedicado precisamente a la relación de amistad inquebrantable que mantienen en el film Víctor (Hernández) y “Rápido” (el yonqui interpretado por Gutiérrez), así como el mismo final, “Perdóname/Plan de Fuga (Créditos)”, provisto de un solo de piano acompañado de sintetizadores que anteceden la suave intervención del significativo solo de trompeta.
También el saxo dispone de sus momentos en “Cama (Vamos de Viaje)”, destacando en compañía del piano y la cuerda en un fragmento en el que el Andueza irrumpe con inusitada fuerza. Son aspectos que dotan de gran riqueza y mayor perfil introspectivo a los personajes, quienes acaban confluyendo, como mandan los codificados cánones del género, frente a la supuestamente infranqueable caja fuerte del banco.
Se trata del tramo final participado por “Atraco”, “El Túnel” y “El Túnel 2”, que se sostiene el peso del desenlace narrativo. El inicio del primer tema conjuga el metal con el desasosiego provocado por la electrónica, en el que también intervienen las notas graves del piano combinadas con las del clarinete, mientras la percusión sintetizada va subiendo enteros a medida que Gaigne impone cambios de ritmo según la secuencia lo requiere.
Es un auténtico tour de force en el que la sutileza (la aparición ocasional en segundo plano del contrabajo) se alía con los aspectos más frenéticos de la resolución fílmica convocando una narratividad a través de la orquestación tan simple como efectiva, tan sencilla como detallista.
Plan de fuga – «theme» – music by Pascal Gaigne
Una sencillez derivada, claro está, del oficio y la visión con la que el compositor se empeña en su trabajo mediante un proceso de reducción en el que ofrece justo solo aquello que la imagen demanda, ni más ni menos. Las disonancias entre la percusión, los arrebatos solistas de Kase (que, como se ha dicho, semejan improvisados), el trémolo de las cuerdas y los sintetizadores dotan de una atmósfera única al fragmento en su tramo final, en el que sorprende la eficacia con que esa electrónica es combinada con el contrabajo a la hora de imprimir un nervio a unas imágenes que se nutren del poderío musical.
“El Túnel 1”, sigue con esa dinámica inquietante, tensional, intercalando los trémolos de la cuerda y “jugando” con la percusión sintetizada, además de convocar el piano en determinados y precisos momentos.
Todo ello, antes del estallido que supone “El Túnel 2”, donde la acción se precipita a un ritmo vertiginoso dado que las notas graves del piano, los sintetizadores, los violentos scherzos de la cuerda y la percusión sintetizada conforman el todo de un breve fragmento en el que se da rienda suelta a toda la tensión acumulada.
El contrapunto que ofrecen con posterioridad “Conversación Tango” (que acentúa lo ridículo de la situación que se plantea en el film) y el fragmento final, “Perdóname/Plan de Fuga (Créditos)”, relajan la conclusión del relato y desvelan una vez más que, aunque sea dentro de los márgenes de un género tan acotado como el presente, el compositor sabe siempre y en todo momento qué es lo que se trae entre manos.
En la última edición del Festival de Cine de Málaga así le fue reconocido al conseguir la “Biznaga” de Plata a la mejor partitura. Con toda justicia y más que merecida, cabría añadir. Una suerte para el cine español contar con la presencia de músicos de la talla de Gaigne.
Handia (2017)
Quartet Records QR293 (2017)
A ningún aficionado se le escapa que la sola mención de Pascal Gaigne al frente de la música de una película es sinónimo de calidad garantizada, pues el nivel que ha mantenido en los últimos años en todos y cada uno de los proyectos en los que ha participado es más que notable.
Fruto de ello son los continuos reconocimientos que está recogiendo por su trabajo en forma de nominaciones al Goya (“Loreak”, el anterior proyecto de la pareja Aguerri/Garaño, directores de este “Handia”; también el año pasado, por “El Olivo”, de Icíar Bollaín) y de la crítica especializada, como ha ocurrido en los premios que hasta ahora organizaba esta misma web, en los que ha sido seleccionado con todo merecimiento como el mejor compositor de los últimos años.
Esta tercera colaboración con la pareja de directores vascos (tras “80 Egunean” y la citada “Loreak”), saldada con una nueva y merecida nominación a los Goya, corrobora el espléndido momento que vive el compositor rubricado, además, con el estreno de “Traición”, la reciente serie de TVE en la que también está presente el reconocible sello de su autoría, que queda afirmada de modo definitivo gracias a una voz propia que se apoya en el dominio absoluto del tratamiento electrónico de las texturas atmosféricas, que apuesta por determinados elementos solistas como el violín, el cello y el piano, siempre secundados de un modo adecuado por la cuerda de la “Bratislava Symphony Orchestra”, bajo la batuta del experto David Hernando Rico.
La perceptiva sutilidad de Gaigne articula este peculiar relato iniciático de los dos hermanos que protagonizan el film, Martin y Jokim (Martín y Joaquín, en castellano), y le conduce a proseguir el camino ya iniciado en “Loreak”, con esos desarrollos electrónicos del prólogo inicial (“Handia”) asociados al caserío, metáfora del atavismo ancestral, complementados con un conjunto orquestal escorado a las formas del vals (“Primer Viaje”), de modo similar a como ya ocurriera en su anterior partitura para “El Olivo”.
Es el concepto en el que se inscriben los parámetros de la partitura a la hora de desarrollar esta historia rodada respetando los idiomas originales, incluido el euskera, sobre este “gigante de Altzo”, como era conocido popularmente Jokim, al que su hermano encuentra con una altura desmesurada a la vuelta de su participación en la primera guerra carlista (“Retorno a Casa”, “Reecuentro”), tras haber sido reclutado a la fuerza (“Soldados”, “En Marcha”).
Se trata de un prólogo extenso, en el que Gaigne contrapone la acción de determinadas secuencias (la pulsión rítmica del sintetizador combinada con los violentos scherzos de la cuerda, en “Soldados”) a otros momentos provistos de unas connotaciones hipnóticas, casi de reminiscencias mágicas (“Retorno a Casa”). El “Reencuentro” entre los dos hermanos lo significa el compositor sin estridencias, manejando las sutilidades de la programación con los pizzicatos de la cuerda, antes de dar paso a una exposición expansiva de los arcos, que ceden protagonismo al violín y al cello.
El tema central se expone entonces con toda la brillantez melódica y formal en la citada “Primer Viaje”, un disfrutable vals que envuelve a los personajes en esa aventura que ambos deciden emprender para ganarse la vida aprovechando la desmesura de Jokim, el “Coloso” que deja obnubilado a los espectadores de la ficción como a los espectadores fílmicos.
Ese viaje que los hermanos van a recorrer les lleva desde Madrid y la corte de una jovencísima Isabel II (“Madrid”, “Academia de los Ilustres”), a un insólito periplo europeo, previo paso por el caserío natal para proceder a su venta (“Vuelta al Caserío”, “Escrituras”), dado que ninguno de los dos puede hacerse cargo del mismo (a la desmesura de Joaquín, hay que adicionar que Martín ha vuelto tullido de su aventura bélica), y en el que cada uno de ellos se irá encontrando con sus propias contradicciones, toda vez que afirmarán sus propósitos y ambiciones.
Así, aunque la historia presente concomitancias argumentales con otras ya conocidas del público, caso de la extraordinaria “El Hombre Elefante”, de David Lynch, sus responsables optan por no hacer de la acromegalia que afecta a Joaquín el centro de interés del relato, sino la excusa para profundizar en la relación entre ambos protagonistas y poner al descubierto sus verdaderas personalidades, algo que Gaigne destaca de un modo intenso pero recatado, sin aspavientos y proveyéndose de un lenguaje de tonalidades melancólicas a la par que vital, del que “Inglaterra” es buen ejemplo, con el piano y el violín como instrumentos solistas principales.
Handia – «Prólogo» – music by Pascal Gaigne
En este sentido, el fragmento “Bordeaux-London-Paris”, supone el apogeo de la brillantez orquestal empleada con mesura y sabiduría por Gagine, quien se decanta por bellísimos pasajes como “Le Monde Ouvre les Yeux”, en el que el tema principal, ejecutado por el piano y revestido de las citadas texturas electrónicas, da paso a un crescendo de la cuerda que imprime a las imágenes una altura emocional proporcional a la intervención musical. Uno de esos raros y extraordinarios momentos que dan sentido al lema que reza que “la unión hace la fuerza”.
En la conclusión del film, reflejada en “Montes Perdidos” y “Gigantes”, el vals principal queda desposeído de su rítmica en aras de una deconstrucción validada por el violín, el piano y el cello, en una recta final que el compositor acomete desde una perspectiva que apela a la esencia, con fragmentos tan bellos y evocadores como los dos citados, pero también “Últimas Nieves”, “Handia” y “Créditos”, además del tema dedicado a los hermanos, “Martin & Jokim”, que cierra el disco.
Un trabajo hermoso, sutil, ponderado, que emana de la sencilla complejidad que encierran las emociones.
Un placer para los sentidos que hay que degustar en el momento idóneo al objeto de acceder a su sustancia poética y que, de nuevo, vuelve a situar a Gaigne entre los candidatos al mejor trabajo del año (sea con reconocimiento oficial, como es el caso, o no).
Como ha quedado dicho, su inspiración y talento no ofrecen dudas, y más allá de los posibles premios que esta magnífica partitura pueda depararle, que siempre sería de justicia otorgar (el Goya, sin ir más lejos), lo cierto es que siempre le quedará al aficionado la grata sensación que entraña el misterio de la audición de su música. La música de Pascal Gaigne. Casi nada.
Errementari – El herrero y el diablo (2017)
Quartet Records QR-317 (2018)
El cine rodado en el País Vasco y en euskera, ha dado importantes pasos en los últimos años de la mano sobre todo de la pareja formada por Aitor Arregi y Jon Garaño, directores de “Loreak”, que fue la primera película rodada en ese idioma que participó en la competición oficial del Festival de San Sebastián, y “Handia”, reciente ganadora de nada menos que diez flamantes Goyas.
Ahora, Paul Urkijo Alijo, en su debut cinematográfico bendecido por Álex de la Iglesia como productor, ha apostado por una historia basada en una conocida leyenda tradicional de la tierra para urdir “Errementari” (titulada en castellano “El Diablo y el Herrero”), una apuesta más cercana al cine de género, en este caso de terror, también rodada en euskera.
En todas ellas ha estado presente el compositor Pascal Gaigne, con resultados realmente sobresalientes (“Loreak” fue nominada al Goya, premio que finalmente consiguió en 2017 con “Handia”, además del Feroz), a pesar que “Errementari” no haya cosechado menciones en este sentido, dadas las fechas de su estreno.
Pero lo cierto es que este primer trabajo presentado por Gaigne tras obtener el citado Goya, revela el gran momento creativo que está atravesando el compositor, que consigue mantener en alto el gran nivel que siempre ha exhibido a lo largo de su ya longeva trayectoria profesional con una obra que sobresale gracias a las sorprendentes texturas obtenidas.
Y no era una apuesta fácil, pues la aproximación del compositor a esta historia situada tras la Primera Guerra Carlista (momento histórico que casualmente comparte en importancia con el prólogo del desarrollo de la historia de “Handia”) que protagoniza el herrero Patxi (Kandido Uranga), un personaje hosco, que vive apartado en lo profundo del bosque y del que corren habladurías entre los habitantes del pueblo vecino acerca de su vinculación con el mismo diablo, la realiza a partir de diversos frentes que se superponen hasta alcanzar la atmósfera requerida, según el relato se va deslizando hacia componentes más o menos tensionales, terroríficos e incluso humorísticos.
La mezcla de lo orgánico (la presencia del bosque) y lo inmaterial, está hábilmente presentada a través de diversos planos musicales entre los que destaca la presencia orquestal, en la que figura la Bratislava Symphony Orchestra, dirigida con la diligencia y pericia habitual por la batuta de David Hernando Rico, en la que sobresalen los solos del chelista Boris Boho (“Lo Han Apresado”, “Infierno”) y el del violín (dedicado especialmente al “Diablo”), a cargo de Mica Bitchiasvili (que tiene su protagonismo en “Sartael”, denominación del demonio por aquellos lares, y que interpreta un irreconocible Eneko Sagardoy), que se emplea a fondo en pasajes como “Desde Dentro” (de casi siete minutos de duración), “Jugando con el Demonio”, “La Venganza del Pueblo”, “La Venganza de Alastor”, o ese “tour de force” que es “Infierno”, un fragmento que rebasa los nueve minutos. Gaigne genera una densidad onírica desde el mismo “Prólogo”, con una sonoridad especial conseguida con la percusión (en la que se emplea la txalaparta y la celesta en tono grave) y los coros (Dzast Ahotzak & Suessatio Taldea, agrupaciones dirigidas por Jabolo Sagastume & Aitor Sáez de Cortázar, respectivamente), que tendrán su protagonismo en la inicial “Rumores en la Niebla”, en la citada “Infierno” y en la resolución, “Epílogo & Final” (de mayor duración que la indicada en la carpetilla, en la que se le atribuye una brevedad que apenas supera el medio minuto, cuando en realidad pasa de los dos).
Errementari – «Prólogo» – music by Pascal Gaigne
La adición de la electrónica diseñada por Gaigne funciona como la argamasa del indispensable ensamblaje específico de las texturas requeridas, en especial para fragmentos como “Desde Dentro” (que se combina con el peculiar uso de las notas graves del piano), “Sartael”, “En Vuelo” o “Pacto con el Diablo”, sin olvidar ese elemento étnico necesario para una historia de raíz popular como esta, para lo que el compositor toma como referencia un par de canciones del folclore vasco como “Aldapeko Sagarraren” y “Bortian Ahiiski”, integrándolas en el corpus de bloques como “Rumores en la Niebla”, interpretadas con la txirula, una flauta típica de la tierra (como el txistu) por el especialista Karlos Subijana, que se escuchará de nuevo durante los “Créditos” finales (errados otra vez en la indicación acerca de la duración del tema, el doble que el indicado en la contraportada, ya que supera los tres minutos de duración).
También la txalaparta, uno de los instrumentos de percusión más característicos de Euskal Herria, está presente en, por ejemplo, la excepcional “El Mundo de Uxue”, en la que se presenta el personaje interpretado por la pequeña Uma Bracaglia, una huérfana que tendrá un involuntario protagonismo en la narración, y para la que Gaigne crea un hermoso y sugerente tema urdido entre el arpa y la voz solista femenina, que se debe a Paula Ortiz Moratinos (quien también ejerce de asistente del compositor y copista).
Más tarde, ya en la conclusión fílmica, será un lírico solo de chelo el protagonista de “El Regreso de Uxue”, pero en un tono más evocador y distendido.
Una partitura, pues, densa y de larga duración, cuidada y plena de hallazgos, que responde a esa vena inquieta que hace mucho tiempo que caracteriza a Gaigne, siempre a vueltas con el misterio que implica el origen y el trayecto que rodean la composición musical y su relación con las imágenes, quien además ha sabido desmarcarse de cierto encasillamiento en el que determinados medios y parte de la crítica habían querido situar al músico etiquetándolo por sus dotes y especial sensibilidad para el cine “emocional” (que también), como ejemplifica su participación en proyectos tan dispares como el presente, las comedias “Gordos” y “Embarazados”, el thriller “Plan de Fuga”, o su reciente colaboración en la serie de Televisión Española, “Traición”, todos resueltos de un modo tan irrefutable como variopinto pero siempre haciendo gala de una inspiración que muestra un carácter tan propio como acertado.
Ha sido precisamente la cualidad maleable de la música de Gaigne (en un sentido de búsqueda, como muestra su extraordinaria colaboración con el director finlandés Rax Rinnekangas) una de sus señas de identidad y bueno es recordarlo a través de obras como la presente, que vuelve a poner los puntos sobre las íes acerca del carácter poco conformista de un autor que hace décadas se asentó en el seno del cine español, para fortuna y disfrute del espectador autóctono, quien además ha podido disponer de su obra gracias a la edición discográfica de una parte representativa de su trabajo a través de la producción de Solisterrae, comandada por el propio Gaigne, siempre en colaboración con ese indispensable sello que es Quartet Records. Hay buena música para rato.
Remember Me (2019)
El aficionado esperaba expectante la nueva composición cinematográfica de Pascal Gaigne, tras ganar el Goya por su magnífica partitura para Handia en 2017, ya que solo había aparecido por las salas de cine con otra no menos estupenda y trabajada partitura para Errementari, en 2018 (aunque también se le haya podido escuchar en la televisión, gracias a las series Traición, de La 1 de TVE, y Presunto culpable, emitida por la cadena Antena 3).
Ahora, Gaigne presenta esta Remember me, una coproducción con EEUU dirigida por el madrileño Martín Rosete en inglés, que está protagonizada por un memorable Bruce Dern, ya octogenario, que interpreta el papel del viudo Claude, el cual se siente decepcionado con su hija mayor, Selma (Sienna Guillory), y decide ingresar en un geriátrico para estar cerca de Lillian (Caroline Silhol), afectada de Alzheimer, ya que esta fue su gran amor de juventud y Claude considera que con cariño y delicadeza (además de una buena estrategia) pueda volver a revivir la llama de ese primer amor.
Contando primero con la complicidad de su vecino, Shane (Brian Cox), y posteriormente con la de su nieta Tania (Serena Kennedy), Claude consigue su objetivo de estar cerca de Lillian para intentar revivir aquel gran amor que ambos sintieron hace décadas y que ahora el olvido más cruel está dejando completamente de lado, pese a sus continuos y pacientes esfuerzos para con quien fue su amada.
El compositor, que gusta poco de encasillarse, se vuelca en esta ocasión del lado de una historia de carácter emocional, humana y delicada, tras haberse adentrado en la profundidad de los bosques vascos y haber descendido, literalmente, a los infiernos en su película anterior.
Ahora, en cambio, la historia es otra, y en consecuencia su música es mucho más cálida, articulada alrededor de varios temas principales de cariz impresionista, de entre los que destaca el vals del tema principal (“Remeber me -Main theme I-), en la línea de aquel otro no menos memorable que Gaigne compusiera hace unos años para El olivo (2016), que a la postre le significó una nominación al Goya.
Es un tema que vertebra la partitura y que ostenta un tono dinámico al apoyarse en los pizzicatos de la cuerda, con una bella melodía retentiva e identificable, marca de la casa, que evoca el estilo vigoroso y costumbrista que el gran Dave Grusin empleaba para algunas de sus más logradas comedias sentimentales (El cielo puede esperar –Heaven can wait, 1978-; Campeón –The champ, 1979-; En el estanque dorado –On Golden pond, 1991-).
Solo cabe escuchar los créditos (“Remember me –Credits-“, que abren la grabación discográfica del sello Quartet), o el fragmento “Remember me (Granchild)“, para percatarse de ello.
No es el único momento en que la música de Gaigne recuerda la de otros compositores. Como hijo de su tiempo, el artista está sometido a las subliminales influencias musicales de un modo tan inconsciente como inevitable, de manera que unas referencias llevan a otras, como es el caso de la introducción pianística del fragmento “I’m Claude-Waltz (I)”, que semeja el punto de partida de algún excelso tema morriconiano, así como también lo es el tono a lo Sakamoto del fundamental tema de amor dedicado a Lillian y Claude (bellamente titulado “Duo without time”), quien a su vez bebe de las fuentes pianísticas que manan de la obra de Debussy y Ravel, en las que Gaigne (y Sakamoto) gusta bañarse, como demuestra el desarrollo expositivo impresionista del fragmento citado, “I’m Claude-Waltz (I)”.
Todo ello no es óbice para nublar la perspectiva general adoptada por Gaigne en su trabajo, puesto que lejos de entorpecer la narración musical, en este caso se da el supuesto contrario redundando en un enriquecimiento de la propuesta creativa hasta hacerla alcanzar dimensiones elegíacas.
Remember Me – «Main Theme I» – music by Pascal Gaigne
Es lo que ocurre con la emocionante secuencia de la representación teatral, cuando Lillian recupera la memoria y recuerda los fragmentos de la obra representada (Cuento de invierno, de William Shakespeare), mientras suena el tema tradicional, “Scarborough fair” (que popularizaron Simon & Garfunkel), pasando de música diegética a incidental sin solución de continuidad gracias a los arreglos del propio Gaigne. Algo similar ocurre con el clásico de Gershwin, “Embraceable you”, la canción de la pareja, que se escucha en los créditos en forma de solo de piano, de la mano y arreglos de Iñaki Salvador.
Pero es la propia voz de Gaigne la que emerge, en definitiva, de esta hermosa partitura, definida por esas sonoridades tan peculiares que han ido marcando su estética musical, caracterizada por el empleo del llamado pedal de efecto celestial con delay (retardo), perfectamente apreciable en el inicio del fragmento “Claude remember”, y que ya es todo un sello autoral del compositor de Loreak (2014).
A ello se une un ritmo sutil y apenas perceptible, como si se tratara del “tic-tac” de un reloj, que de algún modo conecta inconscientemente la música al paso del tiempo, un concepto importantísimo en la película (y que se escucha también en fragmentos como ”Family life”).
A estas ideas tan interesantes cabe adicionar además interpretaciones solistas como la del concertino, en manos de Stephan Filan; el cello, con Boris Boho; y el arpa, que tan importante papel juega respecto de la definición del personaje de Lillian, de la mano de Adriana Antalova, mientras que los solos de piano son responsabilidad del habitual Javier Pérez de Azpeitia, a los que se les une el propio Gaigne con el diseño de sonido y el de instrumentos virtuales como el anteriormente citado.
Contando, por supuesto, con la siempre diligente batuta de David Hernando Rico, que comanda la aplicada ejecución de la The Batrislava Symphonic Orchestra, el aficionado y el espectador a buen seguro que se deleitarán con esta nueva perla que Gaigne lega antes de encarar la recta final del año con Malpaso, una exótica producción de la República Dominicana dirigida por Héctor Valdez, y, sobre todo, La trinchera infinita, la nueva y esperada propuesta de Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, con los que Gaigne ha colaborado en todas sus películas y que ya consiguieran nada menos que diez Goyas con la citada Handia.
Con estas credenciales y a la espera de la inminente presentación de esos nuevos trabajos, el nombre del compositor va a sonar, y mucho, en los meses que están por llegar. Aunque ciertamente Remember me, se basta por sí sola para encandilar con su música (de excelente calidad de sonido gracias a Mikel F. Krutzaga) a cualquier cinéfilo con un mínimo de sensibilidad. Una nueva delicatessen de Gaigne para paladares exquisitos.
La trinchera infinita (2019)
Aunque el tema no es novedoso y ya fue abordado de un modo muy directo por Alfonso Ungría en 1971, dos años después de declararse la amnistía para todos aquellos delitos políticos cometidos con anterioridad al final de la guerra civil, con la ya hace años invisible y experimental El hombre oculto, de título más que explícito, la película que han dirigido al alimón Aitor Arregui y Jon Garaño, a los que se ha unido para la ocasión Jose Mari Goenaga, según el relato escrito por este último y Luiso Berdejo, apunta alto, ya que no se trata solo de una historia más consecuencia de aquel cruento conflicto, sino que se erige en brillante metáfora del miedo y oscuridad en el que se sumergieron los vencidos republicanos, más de la mitad de la población española, durante los cuarenta años que duró la pesadilla dictatorial del general Franco.
Y ello se lleva a cabo a través de la peripecia de una persona, Higinio (un impresionante Antonio de la Torre), concejal republicano (y presuntamente socialista) de un pequeño pueblo andaluz, cuando de madrugada le despierta su mujer, Rosa (una Belén Cuesta también destacable), al escuchar llegar los camiones de los sublevados del golpe perpetrado por los militares en julio del 36.
A punto de ser fusilado tras ser denunciado por su malicioso vecino Gonzalo (Vicente Vergara), Higinio escapa milagrosamente de una muerte segura volviendo a su casa para esconderse, en primera instancia, en un hueco de la cocina, para unos años después hacer lo propio en un espacio un poco más grande, entre paredes, en casa de su padre (“Cambio de casa”, un fragmento tensional en el que Higinio, disfrazado de mujer, aprovecha una procesión para llegar milagrosamente a la casa paterna, tras ser descubierto y perseguido a tiros por la Guardia Civil).
Aunque no se basa en hechos reales, sí se inspira en la experiencia vivida por el alcalde republicano del pueblo malagueño de Mijas, que estuvo escondido durante tres décadas, y que también fue llevada al cine (de animación) por Manuel H, Martín, en la estupenda 30 años de oscuridad.
El escalofriante prólogo que narra la persecución y caza de los objetivos de los fascistas, filmado mayormente con cámara al hombro, no incorpora ningún tipo de música en aras de encontrar el mayor realismo posible.
Con posterioridad, y tratándose de una película con el silencio y los susurros de protagonistas, lógicamente la tarea musical además de muy complicada se antoja breve, pero de intervenciones significativas. Es así que Pascal Gaigne, que amplía con esta su colaboración con los directores vascos para quienes ha trabajado ya en numerosas ocasiones, y con los que ganó el Goya a la mejor música por Handia hace un par de años (además de recibir una nominación por Loreak), traza una partitura breve, pero de gran calado emocional.
Gaigne desdobla su trabajo a partir de dos planteamientos diferentes, el primero de los cuales hace referencia a la pesadilla en que se convierte la vida de Higinio a partir del estallido del conflicto, con el tema “Noche transfigurada”, desasosegante y oscuro, concebido por el compositor con una combinación de sintetizadores y cuerda (interpretada por The Budapest Art Orchestra, bajo la batuta de Peter Pejtsik) como principal exponente, y otro más, “La trinchera infinita”, de carácter reflexivo y melancólico, en el que la guitarra es la protagonista, interpretada por el solista Enrike Solinis.
Gaigne, como el propio Higinio, huye de estridencias y entiende que aquello que debe contar con su música es la pesadilla interior del protagonista, así como sus (pocas) experiencias vitales, las cuales, a pesar de lo peligroso de su situación, logra llevar a cabo puesto que después de discutirlo y hablarlo mucho con su mujer, llegan incluso a tener un hijo.
De ahí que Gaigne comprenda que la agitación de la respiración de los huidos, el sonido de los disparos, el de los cascos de los caballos de los fascistas, así como sus gritos y exabruptos, sean los sonidos principales del citado prólogo y la música no haga acto de presencia hasta que Higinio deje reposar su miedo (una sensación completamente diferente de la escenificación realista del pánico), una vez que ya está escondido, a través de la citada “Noche transfigurada”.
Cuando falte su padre (porque la vida comenzará a desfilar ante sus ojos, implacable), Higinio se sentirá cada vez más aislado (aunque gracias a la radio la historia contemporánea de España la viva en primera persona, siempre con la esperanza de la ayuda internacional para desbancar al dictador), a pesar de la presencia de Rosa en la casa paterna.
Pero cuando esta quede embarazada, no tendrá más remedio que quedarse solo hasta que su mujer vuelva de visitar a sus hermanas y tener a Jaime, el hijo de ambos. Serán los peores momentos vividos por Higinio, que verá como su progenitor se le aparece (“Presencia del padre”, con un breve, pero estremecedor dúo entre el violín, en manos de la concertino, Zsofia Kornyei, y el cello, interpretado por Akos Takacs) como si todavía estuviera vivo en el estrecho espacio en el que se ve obligado a esconderse.
El temor y desasosiego a ser descubierto los traduce Gaigne a través de una música atonal interpretada por los trémolos de cuerda, los solos de violín y los pizzicatos (“Observando”). También el arpa (en manos de Marianne Leter) juega su papel en momentos tensionales (“En el punto límite), al igual que la percusión y los sintetizadores durante la estremecedora secuencia en la que un Gonzalo ya entrado en años intenta irrumpir en la casa para descubrir a Higinio, a quien intuye escondido y vivo después de tantos años (“Tensión infinitia”).
El contrapunto, como ha quedado dicho, lo juega el melancólico tema que Gaigne presenta a modo de reflexión del acontecer de la vida de Higinio, condenado a estar atrapado entre los muros de una casa, como si de una cadena perpetua se tratara (también algunas canciones, ninguna presente en el disco, que van puntuando las distintas épocas, como por ejemplo lo hace “La vida sigue igual”, de Julio Iglesias, para ubicar la acción en los sesenta).
En este sentido, el dolor que expresa el solo de guitarra recuerda conceptualmente a alguna que otra obra maestra de la historia del cine, también con el instrumento de cuerda/percusión como protagonista, como fue el caso de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, del gran Alex North, en un contexto completamente diferente, pero igual de asfixiante.
En este sentido, la secuencia en la que Higinio contempla las fotos del crecimiento de su hijo Jaime (Emilio Palacios, encarnando el personaje durante su mayor presencia en pantalla), con la guitarra liderando el fragmento (“La trinchera infinita/Fotos”) llena de congoja al espectador, pero la interpretación del final es pura emoción y sensibilidad (“La trinchera infinita-Final”), cuya resolución no cabe desvelar en beneficio del espectador.
La trinchera infinita – «En el punto límite» – music by Pascal Gaigne
La conjunción de ambos temas en los créditos, primero con el tema principal en el arpa y la guitarra (“La trinchera infinita-Créditos”), seguida por la cuerda en formato camerístico (“Hors champs”, que Gaigne titula en su francés natal, y cuya traducción está relacionada con la denominación del “fuera de campo” cinematográfico, al tratarse de una música no relacionada específicamente con imágenes), da cuenta de una partitura breve, pero intensa, que juega sus bazas cuando debe hacerlo. Ni antes, ni después. Pues aquí, el silencio es la música del miedo.
Como la partitura del film es breve (algo similar ocurría, salvando todas las distancias que se quiera, con otra obra maestra de la música de cine como lo fue la partitura de Jerry Goldsmith, para Patton -1970-), se ha (bien) aprovechado el espacio para presentar en la edición discográfica de Quartet, la música del cortometraje dirigido por Arregi y Goneaga, Mateoren ama (cuya traducción castellana es La madre de Mateo), filmado inmediatamente antes de La trinchera infinita, que se desarrolla a lo largo de tres temas en los que la cuerda asume también el protagonismo (incluyendo los pizzicatos del contrabajo y el solo del cello en “Mateoren ama I”).
Después de haber colaborado de un modo muy cercano en varios cortometrajes y en el documental Lucio, con esta historia sobre un hijo que va a visitar en una residencia a su madre, afectada de Alzheimer, y que por ese motivo no lo llega a reconocer (basada en el relato, Ama, de Iban Zaldua), la música de Gaigne ofrece un acercamiento completamente diferente a esta enfermedad que el llevado a cabo en su reciente y magnífica Remember me, pues aquí la gravedad del cello se impone, siendo contrapunteado por el etéreo sonido del arpa (especialmente en “Mateoren ama II”), a través de una música en la que también están presentes los sintetizadores preparados por el compositor, otrogando ese toque único y reconocible de su música, que en este caso se mueve por caminos sensoriales intimistas, no exentos de ternura, pero también de misterio e inquietud. Como sucede mismamente con la memoria y los recuerdos. Un festín para los sentidos, en definitiva, que reafirma una y otra vez a Pascal Gaigne como uno de los principales puntales de la música de cine en este país, al que no le fallan ni el talento ni las ganas de trabajar. Ojalá que le duren.