En 1933, H. G. Wells, escritor de clásicos de la literatura fantástica como “La máquina del tiempo” y “La guerra de los mundos”, publica su novela “Esquema de los tiempos futuros” (The Shape of Things to Come), en la que despliega sus premoniciones sobre la inminencia de una guerra mundial que creía se iba a producir, además de otras ideas que tenía sobre la tecnocracia, el progreso y la abolición de los conflictos. En el visionario relato trató de transmitir un mensaje de racionalidad en el cual creía profundamente.
Un año después, el productor británico Alexander Korda proyecta llevar a la pantalla la novela de Wells, poniendo tras las cámaras a William Cameron Menzies, con un reparto que encabezaba Raymond Massey, acompañado por Ralph Richardson, Sir Cedric Hardwicke y Ann Todd, y le propone a Wells que escriba el guión del film, ofrecimiento que el escritor acepta encantado.
En el apartado musical, Korda convoca a un compositor de gran prestigio, el inglés Arthur Bliss, de amplia trayectoria en la música culta, que no veía con malos ojos incursionar en el cine. Bliss quizá no imaginó la relevancia que iba a tener en Gran Bretaña la partitura que iba a componer. Es que cuando el cine sonoro se impuso al silente, la reacción inmediata de los estudios fue otorgar un enorme protagonismo a los diálogos y a las canciones en detrimento de la música orquestada o instrumental.
La banda sonora incidental se acostumbraba a estructurar sobre la base de fragmentos de piezas de la música clásica o de música extraída de otras películas. Importantes compositores de la época, como el maestro italiano Giuseppe Becce, habían trabajado mucho en la compilación de esas piezas musicales para ayudar a los músicos que debían acompañar las proyecciones de las películas. Esos célebres repertorios, denominados kinotheks por Becce, eran verdaderas guías que facilitaban la tarea de insertar la música adecuada a las diferentes escenas. Recordemos, además, que lo usual en aquellos tiempos no era contratar un compositor para que escribiera una banda sonora original para un film.
En los Estados Unidos, en 1933, Max Steiner, con su extraordinaria partitura para el King Kong de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, había modificado esa tendencia componiendo una partitura totalmente original y específicamente para la película, que el maestro vienés desarrolló con lujo de detalles, con una orquestación espectacular y aplicando el recurso del leitmotiv a fondo, tanto que su utilización se llegó a llamar “mickey mousing”, pues la música acompañaba de manera tan obsesivamente precisa los movimientos de los personajes o las acciones que se parecía a la que se empleaba en los dibujos animados.
En el cine británico, Arthur Bliss será el encargado de llevar esa concepción a través de su música para Things to Come. La partitura no nació de una individual inspiración de Bliss, sino que surgió del trabajo conjunto del compositor y los realizadores, ya que se fue construyendo en estrecha conexión. Al mismo tiempo que H. G. Wells iba escribiendo el guion, Bliss iba componiendo y adaptando la música a las imágenes en función del montaje final que decidía el director Cameron Menzies.
El resultado fue una banda sonora que logró una perfecta simbiosis con la narración y las secuencias del film, con una orquestación elegante y de una calidad que sobresalía a la media de las producciones británicas de la época.