A veces uno se pregunta qué tienen algunas películas que de la nada, y de repente, aparecen a último momento y sorprenden a crítica y público. Es el caso de 1917, la nueva obra de Sam Mendes, sólido realizador que cuenta en su haber con cintas premiadas como American Beauty (1999) y Camino a la perdición (Road to Perdition, 2002) y dos excelentes films de la franquicia Bond, Skyfall (2012) y Spectre (2015), que ha captado la atención y generado la admiración inmediata del mundillo del cine con valoraciones, a mi juicio, no del todo justificadas.
Su nueva apuesta, que tiene aspectos muy positivos, y otros, cuanto menos, inocuos, tiene su basa fundamental en el virtuosismo técnico de prácticamente todos sus rubros, algo que, a estas alturas de la evolución de los portentos tecnológicos al servicio del séptimo arte, no debiera sorprender. Es más, es exigible esa perfección para cualquier producto cinematográfico moderno.
Su punto más alto, hay que destacarlo, radica en la fotografía de Roger Deakins, que luego de un trabajo milimétrico de planificación de rodaje en exteriores, en donde hubo que considerar clima, intensidad de luz, nubosidad, etcétera, consiguió imágenes superlativas por las que, seguro, obtendrá el Oscar al que fue nominado. Las visiones casi oníricas del pueblo francés en ruinas, con juegos de luces espectrales, son destacables. Su talento ya se viene perfilando desde películas como Prisioneros (2013), Sicario (2015), Blade Runner 2049 (2017) y las mismas cintas de 007.