Con un presupuesto de escasos seis millones de dólares, el mediocre realizador Richard Stanley ha pretendido adaptar “El color que cayó del cielo”, una de las mejores obras del horror cósmico del gran H. P. Lovecraft, autor por cierto, cuyo universo es considerado inadaptable a la pantalla. En tal sentido, este relato resulta particularmente difícil, más aún cuando quien intenta el desafío le sienta grande la tarea.
El currículum de Stanley incluye El demonio del desierto (Dust Devil, 1992), que no pasará a la historia, y la impresentable versión de la novela de H. G. Wells, La isla del Dr. Moreau (1996) con Marlon Brando y Val Kilmer, de cuyo rodaje fue despedido y reemplazado por John Frankenheimer, que tampoco logró llevarla a buen puerto. Quizás su único logro fue Hardware, programado para matar (Hardware, 1990), uno de esos productos de clase B de estreno intrascendente que, con el tiempo, ha sabido convertirse en una película de culto del subgénero cyberpunk.
La dificultad de adaptación parte ya inicialmente de un texto literario que se contrapone con los más básicos recursos del lenguaje narrativo cinematográfico: la imposibilidad de representar siquiera, en un fotograma, el color que el autor de Providence describe en su relato, y que señala como de un “cromatismo inexistente en la Tierra”. Stanley tuvo así que elegir un color, y eligió el magenta. Que, eso sí, ha quedado muy chulo, y cubre con su fosforescente pátina el clima de empalagosa psicodelia que impregna todo el film.
Una amenaza sobrenatural del espacio exterior corporizada en un pequeño y, en apariencia, inofensivo meteorito, se estrella en una granja de Massachusetts propiedad del matrimonio Gardner que vive con sus tres hijos, dedicado a la crianza de alpacas. El idílico entorno rural se ve intoxicado rápidamente por los efectos que el objeto alienígena provoca, primero en animales y plantas, y luego en los integrantes de la familia (para peor, la madre convalece de un cáncer), lo que se acentúa con la contaminación vírica del agua.