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Tras la impresionante repercusión que supuso el Espartaco de Kirk Douglas y Stanley Kubrick, el cine italiano de la década del sesenta, siempre atento a la menor oportunidad de aprovechar el éxito, revivió la sub-temática del gladiador en el péplum, género que la cinematografía peninsular supo explotar hasta la última gota.

COLECCIÓN PÉPLUM

Il figlio di Spartacus (1962)

El hijo de Espartaco

por Josep Ferran Valls

Sergio Corbucci, 1962. Italia. Con Steve Reeves, Ombretta Colli, Jacques Sernas, Gianna Maria Canale, Claudio Gora, Enzo Fiermonte, Ivo Garrani, Roland Barthrop.

El cine italiano, tras el estreno de Espartaco (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960), con Kirk Douglas, vuelve la mirada en varias ocasiones hacia el tema del esclavo y gladiador rebelde que pone en aprietos al Imperio Romano, ya inmortalizado por el país de la bota en Espartaco (Espartaco, il gladiatore della Tracia, Enrico Vidali, 1913) con el “gigante buono” Ausonia, y Spartaco (Id., Riccardo Freda, 1953), con Massimo Girotti. El hijo de Espartaco obvia dichos antecedentes cinematográficos para ejercer como continuación directa de la película producida e interpretada por Douglas.

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Filmada junto a buena parte del equipo técnico-artístico que incluye al director de fotografía Enzo Barboni y el músico Piero Piccioni e hizo posible la arcaizante Rómulo y Remo (Romolo e Remo, 1961), anterior intento del binomio Corbucci/Reeves en el territorio de la antigüedad, El hijo de Espartaco quiere ser -y lo consigue- un paso adelante en cuanto a película de cámara pero también una mejora ostensible por lo que atañe al trazado y la resolución del personaje principal. 


Si el Remo que -por sugerencia del propio Reeves- interpretaba Gordon Scott en ese filme sobre los orígenes mitológicos de Roma dominaba, con su gesto severo, el apartado protagónico, componiendo Reeves un Rómulo demasiado parco expresivamente para resultar atractivo, en el nuevo opus, el intérprete de Los últimos días de Pompeya (Gli ultimi giorni di Pompei, Sergio Leone, 1959) adopta una pose dramática que lo emparenta con el Eneas de La guerra de Troya (La guerra di Troia, Giorgio Ferroni, 1961), otra de sus mejores encarnaciones.

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Steve Reeves y Gordon Scott en Rómulo y Remo

Corbucci ya disponía de una brillante trayectoria en tareas de co-guionista para épicos como Puños de hierro (Maciste contro il vampiro, Giacomo Gentilomo y Corbucci, 1961; donde también ayudó a la “regia”), cuando dirigió y co-guionizó sus dos opus. En el caso que nos ocupa, junto a Corbucci, firman el libreto su hermano Bruno, Adriano Bolzoni y Giovanni Grimaldi, sobre un argumento de Bolzoni. El resultado es una obra maestra, el trabajo más brillante de Corbucci, que no desmerece para nada del filme en que se basa, aún resultando distinto en forma y fondo.

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En cuanto a lo primero, Corbucci -virgen aún del abuso del zoom y apoyado por el excelente Barboni- usa el formato Scope de forma extrema, llevando al límite de sus posibilidades la profundidad y las angulaciones, pero siempre al servicio de la historia. Tratándose de un cineasta telúrico -recordemos la mortífera fisicidad que confirió a la secuencia del volcán en Rómulo y Remo; o, con posterioridad, el uso rijoso del barro en el pueblo enlodado de Django (Id., 1966)-, no podía desaprovechar los exteriores naturales egipcios donde se rodó la película, tornando aquellos parajes desérticos en espacios lunares, casi extraterrestres. Parece que los ataques, las emboscadas acontezcan en otra dimensión, un entorno propio de la CF.

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Respecto a lo segundo, entremezcla la idea revolucionaria, liberadora de Espartaco con el modelo de El Zorro, personificado todo ello en el personaje de Rando (Reeves), mas conduciendo la trama hacia un desenlace conciliador; no en vano nos hallamos ante un épico italiano, por regla general, nacionalista cuando se trata del Imperio Romano. El personaje encarnado por Douglas tenía a Roma por enemigo letal. Su hijo, aquí, guerrea contra el esclavismo pero permanece fiel a César (Ivo Garrani).

Trailer americano de The Slave (Il figlio di Spartacus)

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Rando es el vástago de Espartaco. Como bebé, sobrevive durante el cierre del título de Kubrick, mostrado al cabecilla rebelde cuando se encuentra agonizando en la cruz. Casi al principio de nuestro filme, de forma premonitoria, el adulto Rando, centurión romano desconocedor de sus orígenes, se apiada de otro esclavo crucificado, poniendo fin a su sufrimiento por medio de la espada. La angulación en picado con profundidad permite retener el momento en la retina del espectador mientras Rando se aleja a caballo con sus compañeros.

El héroe toma verdadera conciencia del esclavismo cuando él mismo, concluida la campaña de Egipto, navega hacia Siria en misión secreta por cuenta del César. Naufraga y, por confusión, cae preso de esclavistas lidios. El breve cautiverio facilita la revelación de su herencia. Otro prisionero, quien luchó junto al padre, reconoce el medallón que ciñe su cuello: era de Espartaco. La señal de nacimiento o el signo distintivo es un elemento grato al cine de aventuras, tanto como lo serán sus evoluciones en la corte del gobernador de Lidia, el antagonista de Espartaco, Marco Licinio Craso (Claudio Gora sustituyendo al Laurence Olivier de Kubrick).

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Como César pone en duda la fidelidad del gobernador, Rando lo investiga. Lo hace fingiendo indiferencia, como el alter ego de El Zorro en múltiples películas, cuya pieza inaugural fuese la interpretada por Douglas Fairbanks. Durante las escaramuzas que lleva a cabo contra Craso, déspota esclavista, liberando a los esclavos, Rando se encasqueta un yelmo que le permite ocultar su identidad: perteneció a su padre y lo rescata, junto a la armadura, a la espada de Espartaco, de entre unas polvorientas ruinas en el desierto; la secuencia, que rezuma intensidad, emoción contenida, adquiere un etéreo a la par que intimista tono ritual. Rando emplea la espada para marcar sobre el entorno de sus lances la “S” de “Spartacus”; utiliza ese recurso como prueba de sus heroicidades tal cual hiciese El Zorro con el florete y la famosa “Z”.

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El hijo de Espartaco puede (debe) visionarse hoy sin las anteojeras del falso desprestigio que arrastra el péplum, suponiendo, además, uno de sus más destacables exponentes. Existen otros épicos italianos que buscan inspiración en el kolossal de Kubrick. La continuista La venganza de Espartaco (La vendetta di Spartacus, Michelle Lupo, 1964) sería el más destacable por apoyo técnico, por el nervio aplicado a la puesta en imágenes. También conviene citar su derivado, Los esclavos más fuertes del mundo (Gli schiavi piu` forti del mondo, Lupo, 1964), tanto como Il gladiatore che sfido` l’Impero (Domenico Paolella, 1964), bajo el esquema de película con forzudo, y Espartaco y los diez gladiadores (Gli invincibili dieci gladiatori, Nick Nostro, 1964), especie de crossover entre Los diez gladiadores (I dieci gladiatori, Gianfranco Parolini, 1963) y las aventuras del célebre esclavo rebelde.

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