Weinstein Bros - the Movie Scores

Opinión.

“Los directores independientes no ganan dinero. Se gastan todo el dinero que tienen en hacer una película. Mejor dicho, el que no tienen. El dinero de sus padres. Roban dinero, se endeudan para el resto de sus vidas. La película puede ser todo lo buena o todo lo mala que se quiera, pero es su película”. 

 

Palabras de Quentin Tarantino sobre el principal problema de los cineastas underground que siempre aúllan su desesperada voz desde el desierto del celuloide a todos aquellos cinéfilos interesados en aquello que se ha dado en llamar “cine independiente”. Llámese toda película o formato audiovisual realizado desde las afueras del sistema convencional de producción cinematográfica. Es decir, Hollywood y las “Majors” de toda la vida que mal que nos pese, son las que cortan el bacalao desde que el cine es cine. 

TWINS OF EVIL

The Weinstein Brothers

por Jorge Zarco

A Peter Biskind, por sacar a la luz la mierda oculta de la falsa independencia del cine “Indie”.

Fuera de lo que se entiende como cine “convencional” (llámese aquel que es de consumo masivo y sigue fielmente una serie de reglas de autocensura a fin de no perder a un público medio y conservador en sus gustos estéticos y artísticos), existe una tendencia a experimentar desde la óptica de que el director es el auténtico responsable de la película. Idea nacida a raíz de la “nouvelle vague” francesa de los años cincuenta y que pretendió una competencia real con el cine de Hollywood entendido como máquina industrial de fabricación en serie.

 

Sin embargo, nadie puede negar (ni el más subnormal de los directores underground) que el sistema de la meca del cine ha dado y sigue dando de vez en cuando, dignas, buenas e incluso excelentes películas por muy inflamado que esté su presupuesto y por muy populares que sean sus estrellas. Resulta erróneo pensar que porque una peli venga del quinto coño y haya costado cuatro duros tenga que ser mejor que otra que ha dirigido un director de renombre y probada eficacia (un Sydney Lumet, un Milos Forman o un Paul Verhoeven para entendernos) que tenga un presupuesto medio-alto en millones de dólares y una distribución más que asegurada en la mayoría de los países del mundo.

 

De hecho, son realmente pocos los cinéfilos capaces de soportar de un tirón cines tan espesos y difíciles de digerir tanto a nivel de duración y calado intelectual (el ruso Andrei Tarkovsky, uno de mis directores favoritos, dicho sea de paso) como demasiado perturbadores a nivel descriptivo (el austriaco Michael Hanneke) o tan metafóricos a nivel visual que resultarían incomprensibles para la mayoría de nosotros (el griego Theo Angelopoulos), por no hablar de perros verdes tan marcianos e inclasificables como el Chileno-francés Alejandro Jodorowsky (una obra tan demente como El topo, 1971, solo puede tacharse de lisérgica, provocando amor u odio a su paso).

 

Luego están los que se quedaron en el medio, entre la autoría y el consumo masivo. Pongamos sin ir más lejos un Sergio Leone, un David Lynch, un David Cronenberg, un Martín Scorsese, un Tim Burton, un Robert Altman, un Roman Polansky, un John Carpenter, un Bernardo Bertolucci o el gran Woody Allen. Cineastas todos ellos que aun trabajando para un gran sistema y dirigiéndose a un público masivo, han conservado una voz propia y una personalidad más que reconocible a lo largo de toda su carrera. Demostrando que el arte y el intelecto no están reñidos con el entretenimiento.

 

Algo que no conciben pretenciosos en el peor sentido del término como el sobrevaloradísimo Jean-Luc Godard o el soporífero Manoel de Oliveira, que conciben sus obras desde la irritante soberbia de hacer creer a más de uno que el cine de consumo masivo solo es recomendable para retrasados mentales profundos, y los amantes de las minorías y ratas de filmoteca son los únicos dignos de llamarse cinéfilos.

 

Y en tercer lugar están los creadores de cine basura sin complejos de ningún tipo: gente como Takashi Miike, Frank Henenloter, Lucio Fulci, Albert Pyun, Lloyd “Troma” Kaufman o John Waters. Tipos que nunca han ido de autor pese a poseer a veces una voz personal que los distingue de tanto subproducto y que poseen la humildad de no haber ido de directores importantes ni pretender otra cosa que pasárselo bien haciendo películas y que los demás se lo pasen bien con ellos.

Weinstein Bros - Tarantino - the Movie Scores

Pero la idea del cine independiente tal como lo conocemos, nació a manos del festival de Sundance por Robert Redford con la mejor de las intenciones para todos aquellos creadores de una obra demasiado humilde para competir en los Oscars o en Cannes en sección oficial.

 

Sin embargo, si la verdad es que Hollywood siempre había dejado en paz a los independientes, como a ese hermano pobre que nunca les daría un serio dolor de cabeza, también es cierto que a raíz de un taquillazo como Sexo, mentiras y cintas de video (1989), de un joven por aquellos años Steven Soderbergh; puso sobre aviso a las “majors” de que una cinta barata (aparentemente hecha fuera del sistema) podría competir en igualdad de condiciones con un producto estándar.

 

Lo bueno fue que por fin parecía que el cine de “autor” se iba a consolidar dentro de la industria… lo malo es que todo eso no llevó a otra cosa que a crear un bastardo mini Hollywood a pequeña escala, donde la manipulación del producto final podía ser igual de sangrante que en una productora de toda la vida.

 

Y la codicia de los nuevos magnates, se resumía en que ahora vendían un producto de falso prestigio, con el único propósito de llenarse el culo de pasta, de forrarse a la vez que iban de alternativos y amantes de las artes; y lo peor de todo, es que llegaron a convencer a algunos directores desesperados por un estreno, de que ellos tenían razón y que eran ellos los auténticos responsables del (sub)producto, los auténticos realizadores.

 

“Le dije a Martin (Scorsese), cuando hizo Gangs of New York: ¡Con esta has vendido tu alma al diablo, al mismísimo diablo!, ¡A Satán, a Lucifer!” (SPIKE LEE)

Sex, Lies and Videotapes - the Movie Scores

Ese Incubo de invocación demoniaca al que se refiere el afro-americano Spike Lee es un magnate judío (la gran camarilla de Hollywood) que junto a su hermano Bob, se especializaron en extender una brutal tendencia allá en los noventa, que degeneró en brutal sangría en el cine realmente libre de la época, y entre los (sub) productos de su particular infierno. 

 

Su satánica majestad se llamaba Harvey Weinstein, su hermano Bob, y su infierno particular: Miramax, junto a su Damien: Quentin Tarantino. No hay que negar que sus satánicas majestades distribuyeron productos realmente atrevidos como la amoral y repulsiva Kids (Larry Clark, 1995); la sátira anticatólica Dogma (1998), de otro de sus protegidos, el entrañable Kevin Smith; o el valiente musical glam Velvet Goldmine (1999), del genial Todd Haynes.

 

Pero tanto Harvey en su megalómana Miramax como Bob en su filial para subproductos fantásticos Dimension, no tardaron en revelar al mundo una trama subterránea de gritos de cerdo, abusos sexuales, chantajes, humillaciones, sueldos y beneficios nunca pagados, cineastas, productores y ejecutivos explotados, currantes de oficina sometidos a un perpetuo estado de terror y a la amenaza de un despido masivo, etc…Y sobre todo de películas destrozadas en la sala de montaje por capricho de “Harvey Manostijeras”, aunque se tratase de obras como Adiós a mi concubina (1992), de Chen Kaige, o El pequeño buda, del mismísimo Bertolucci.

 

Aunque el peor ejemplo se lo llevaría Scorsese, pero no adelantemos acontecimientos. Miramax apareció en el mapa a propósito de uno de los filmes clave de los noventa y película mito para ese término efímero y falsario como fue la mal llamada “Generación X” (el primer movimiento de rebelión juvenil, creado por multinacionales). 

 

Me refiero por supuesto a Pulp Fiction (1994), que elevó a Tarantino al estatus de director “independiente” más popular de todos los tiempos, convirtiéndolo en una jodida estrella de Rock. En un semental del porno para todas las edades, en el juguete favorito que tu sobrino preferido se llevaría a la cama. En ese puto cabrón que todos hemos querido conocer en medio de nuestra más demencial borrachera. En el chico de la portada que pone a niñas y marujas, en el director alternativo que todo cinéfilo necesita para creer que el cine no ha muerto aniquilado por las reglas invisibles y codificadas de Hollywood; y es que en el fondo Tarantino se lo merecía porque talento no le falta.

 

Pero la originalidad de sus ideas pertenece a otros, a los que no sonrió la gloria ni el reconocimiento masivo. El bueno de Quentin era un copión.

 

“Lo más grande fue cuando Pulp Fiction tuvo ese primer fin de semana escandalosamente taquillero. Todos lo vimos como algo bueno para Quentin, y supusimos que también lo era para nosotros. Pero, en realidad, esa victoria fue, en cierto modo, el principio del fin para los demás, porque son pocas las películas independientes capaces de competir de la misma manera”. (ALLISON ANDERS)

Quentin Tarantino - Pulp Fiction - the Movie Scores

Peter Biskind, autor del libro que inspira este artículo, “Sexo, Mentiras y Hollywood”, afirma que Pulp Fiction es al cine independiente lo que Star Wars fue al Hollywood intelectual de los setenta. La película que lo cambió todo… a peor. Un ejecutivo publicó en la revista Premiere una curiosa carta en la que relacionaba a Tarantino con el personaje del cuento infantil “El traje nuevo del emperador”, donde lo relacionaba con ese rey desnudo ante sus súbditos que cree portar el traje más maravilloso del mundo, unas ropas que en realidad no existen.

 

Aquel traje hacía en realidad alusión al presunto talento de Tarantino, al que el autor acusaba de haber bebido de múltiples fuentes. En realidad, cientos y cientos de cintas de video con toda clase de películas de primera línea, serie B, serie Z y perros verdes sin definición. El verdadero talento de Tarantino consistía en robar de cientos de fuentes distintas y mezclar todas esas fuentes en un puzzle demencial que solo los cinéfilos más caníbales se atreverían a descifrar para averiguar un “quién es quién” postmoderno que rompe con toda clase de modas y tendencias.

 

“Los genios roban, no hacen homenajes” soltó Quentin en su día en Cannes, ebrio de fama y lameculos, abrazando con brutal egocentrismo su futuro, y renegando patéticamente de su pasado… de los colegas de su pasado a los que debía mucho, por no decir todo. Existe una extraña enfermedad que se apodera de los que súbitamente alcanzan la gloria sin humildad ni precaución. Se apodera de ellos una inexplicable amnesia y olvidan a sus antiguos amigos y conocidos. Se creen absolutos responsables de su gloria y no admiten a nadie más a su lado en el trono. Ni reinas ni príncipes ni princesas y mucho menos ranas y mendigos.

 

Ni siquiera su colega de toda la vida Roger Avary (Killing Zoe, 1994), mereció un crédito como coautor de los guiones que Tarantino admitía como propios. Cuando Tarantino subió a por la Palma de Oro en Cannes 94, una espectadora anónima lo insultó y Tarantino le hizo con el dedo el gesto de jódete. Pero aquella mujer debió de hacerle tambalearse en sus entrañas más íntimas, recordándole que su gloria podría venirse abajo en cualquier momento y que su número de admiradores sinceros sería ridículo al lado de todos aquellos enemigos que esperaban ansiosos verle hundirse en el fango de su propia soberbia.

 

“Harvey es como el tipo que quiere hacer una conquista sexual; la cacería es más embriagadora que la captura de la presa. Una vez folla, pierde todo el interés”. (Confesión de un anónimo a Peter Biskind en su libro                                                          “Sexo, Mentiras y Hollywood”).

Peter Biskind - Sexo, mentiras y Hollywood - the Movie Scores
Peter Biskind
Peter Biskind - Sexo, mentiras y Hollywood - the Movie Scores

Y tampoco Harvey y Bob habrían crecido tanto sin el éxito masivo de su hijo adoptivo. No niego que Quentin tiene talento, me gustan sus películas, para qué negarlo. Es su brutal egocentrismo lo que no soporto. Como tanto payaso que va de genio sin serlo en absoluto. Ya podrían aprender (sobre todo en este país) de la humildad de nuestro Víctor Erice, al que le ruborizó que le llamase genio el día que tuve la inmensa suerte de conocerlo en persona.

 

Al parecer y tal como dijeron en diversas fuentes sus ex colegas de generación, Quentin solo iba a los festivales “a follar”, tras creerse demasiadas gilipolleces dichas por demasiados lameculos y demasiados oportunistas a la búsqueda de su efímero minuto de gloria, al lado de la nueva estrella mediática. Biskind afirma que en su investigación se topó con mucha gente temerosa de las “represalias” de los hermanitos W como testigos contra la mafia temiendo una “vendetta”. Lo que equivale en la industria del cine a quedarse sin trabajo y a no conseguir contratos por mucho dinero, ni exclusivas, ni revistas, ni entrevistas en la tele, etc…

 

Pero si el sistema capitalista está lleno de cobardes con alma de esclavo, de tipos y tipas sin personalidad, que se dejan pisotear para llegar a fin de mes, y que luego hablan maravillas que no sienten de sujetos a los que ni se atreven a odiar por temor a que estos les puedan leer el pensamiento, no duden que hasta el más sanguinario de los negreros tiene su “Mandinga”, o esclavo rebelde que termina volviéndose contra el amo a sangre y fuego, y baila una danza tribal con la cabeza del esclavista clavada en una lanza.

 

A los hermanitos W les han salido enemigos hasta por debajo de las piedras, y por buenas y arriesgadas que puedan ser las películas que produzcan, siempre estará la duda de si no hubo una sangría en el resultado final. Harvey estuvo a punto de reventar en 1999 y terminaron vendiendo la casa Miramax y su patrimonio audiovisual. La ley de la relatividad de Einstein, todo lo que sube tiene que bajar; porque nadie se mantiene en la cima para siempre.

 

Recordemos a Michael Caine y su sabio discurso cuando fue a recoger el Oscar: “No soy una estrella, soy un superviviente”, y eso tiene mérito. Fue por Las normas de la casa de la sidra (1998), una peli producida por los hermanitos W curiosamente. Y es que como dice el dicho, de todo ha de crecer en la viña del señor.

 

“Hay un dicho que dice: a Dios no le gustan los feos. Toda la mierda que ha hecho a lo largo de su carrera, todo eso va a volver y va a pasarle factura. ¡Harvey es un cabrón mentiroso! ¡Un gordo hijoputa! ¡Una rata!”. (SPIKE LEE)

Weinstein Bros - the Movie Scores

Al final, Tarantino y Rodríguez son los fichajes definitivos de Dimension; los hijos no naturales de los hermanitos W y de los pocos que los defienden con saña e irían con ellos a la tumba. Más probablemente se quedarían solos en su mausoleo. Ahí están los sangrantes ejemplos de 54 (1998), de Mark Christopher, y sobre todo del tortuoso Gangs of New York (2002), de Scorsese.

 

La trampa de Miramax, según muchos de los que trabajaron en ella, era la de dejar las manos libres durante el rodaje, y posteriormente en postproducción ya vendrá el llorar y las presiones y las amenazas, y el mete un final feliz por cojones porque los malos finales solo venden en el terror y necesitamos 100 millones de finas rupias de recaudación en solo un fin de semana…

 

Al final llegamos a lo de siempre: la gran productora independiente fue solo en el fondo una filial de la Walt Disney Company, con todos sus millones y su codicia a cuestas, como cualquier otra mega corporación en Hollywood. La mentira se vende en una falsa autoría sobre el director que al final acaba siendo el chivo expiatorio. 54 prometía ser un guiño al libertinaje de los 70, una versión blanda de la genial Velvet goldmine o Last days of disco (1998), que dirigiría un debutante Mark Christopher, gay como Todd Haynes y Gus Van Sant y muy cool en su personalidad.

 

El rodaje se lleva a Toronto, que se parece a Nueva York y sale más barato, y sobre un mes y medio después se hace una proyección de prueba como las hacen todos los demás estudios: frente al público equivocado, niñatos de extrarradio adictos a los multicines de centro comercial. Nadie dice: “¡Es un público equivocado!” Solo dicen: “¡Esto es una mierda, hay que volver a rodarlo!” El pobre Mark fue el que salió perdiendo.

 

No hay nada peor para un autor de “algo”, que se responsabilice como obra completamente tuya, que es un producto que ha pasado por infinitas manos y que al final, solo humilla y avergüenza al creador de la idea inicial, que ha perdido en el proceso cualquier autoría real sobre el producto final que es de cualquiera menos suyo.

 

Por eso no es de extrañar que un servidor utilice los seudónimos ante empresas de sanidad más que dudosa, que es lo que Christopher debería haber hecho cual Alan Smitte (alias “Yo reniego de mi obra”). Después ya vendrán tiempos mejores y no tendrás que avergonzarte de un engendro que un día hiciste y tras cuatro días ya nadie se acuerda. Porque el paso del tiempo es implacable y 54 cayó en el mayor de los olvidos tras fracasar en taquilla, algo que a Mark Christopher tampoco le importó demasiado.

 

“La moda de hoy es basura de mañana y nostalgia de pasado mañana”. (PETER BISKIND)

                                                                             

Gangs of New York - the Movie Scores

Mark no volvió al redil, pero el otro gran escándalo de Harvey se avecinaba. Martin Scorsese, uno de los grandes y de eso nadie lo duda, había ambicionado desde 1977 llevar al cine un fresco lleno de crueldad y violencia sobre las bandas que controlaban Nueva York a mediados del siglo XIX como una dolorosa metáfora de una sociedad (la USA) nacida de la violencia. Scorsese pasó muchos años a la búsqueda de un mecenas para su proyecto.

 

Con el cambio de milenio, Harvey decidió producir su obra maestra y levantó un presupuesto de 90 millones de dólares, que según algunas fuentes, pudieron elevarse hasta los 150. Dante Ferreti levantó en los estudios Cinecitta de Roma un gigantesco plató que reproducía toda la miseria de aquella época y el estreno estaba previsto a finales de 2001, pero los atentados del 11 de septiembre echaron por tierra los planes de estreno y la película de unos 240 minutos de metraje en sus inicios, terminó perdiendo peso a medida que Harvey Manostijeras degeneró en Harvey el carnicero.

 

La batalla entre él y Scorsese debió ser una pesadilla constante entre la obra personal de Scorsese y el BLOCKBUSTER taquillero que Harvey deseaba. Mamoneos en los pases de prueba por parte de una sociedad paranoica e hipersensibilizada por los atentados de las torres gemelas, aparte de sobre hinchada de patriotismo, que se negó a aceptar la cruel metáfora de un Scorsese que la acusaba de ser responsable de la creación de sus propios monstruos.

 

Al final el sueño largamente acariciado de Scorsese se quedó en 165 minutos, con dos actores mediocres de protagonistas: un limitado Leo di Caprio, del que Scorsese se encariñó peligrosamente, y la limitadísima Cameron Díaz. De ahí que el magnífico Daniel Day Lewis se los coma con pasmosa facilidad cada vez que comparten plano. Al final, Gangs of New York se quedó en tierra de nadie, ni de Martin ni de Harvey, pese a ser con diferencia, la mejor de las cintas de Miramax en toda su historia, aunque solo un brillante borrador de lo que podría haber sido.

 

¿Acaso nadie se acuerda de la ochentera Cannon, de los impagables Menahem Golam y Yoran Globus?, expertos en subproductos de serie B y justicieros urbanos. También se las dieron de artistas y destrozaron lo que pudo ser La matanza de Texas 2 (1986), antes de hundirse en el lodo y el olvido pasajero, del que ahora son rescatados por el insólito arrojo de sus pelis.

 

Pero aquellos directores que quieran sentirse dueños de sus obras, son los que realmente salvan el cine. Porque gracias a ellos el séptimo arte no ha terminado siendo un miserable asunto de preventas, cifras y demandas al por mayor, y porque un mundo donde solo hubiese engendros Blockbuster, sería una jodida pesadilla. ¿Hablo de la Disney?  

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Jorge Zarco Rodriguez
12 days ago

Gracias mil por sacarlo a la luz Eduardo por fin en condiciones, lo públiqué hace siglos en facebook y apenas tuvo visitas. Ahora si está realmente bien editado. Te lo agradezco.