THE GREAT DICTATOR (1940)

El gran dictador

Charles Chaplin: El barbero de...Brahms!!

por Eduardo J. Manola

Es bien conocido el talento de Charles Chaplin y la huella que ha dejado en la historia de la cinematografía. No queda mucho por decir ni por contar sobre la figura del gran Charlot. Sin embargo, una no menos virtuosa faceta es su extraordinaria y no tan conocida capacidad musical.  El mismo Chaplin compuso las partituras de sus películas, pese a que no sabía escribir música y a que sus conocimientos en esa materia los había adquirido de manera autodidáctica. Desde sus 16 años aprendió a tocar el piano, el violín y el violonchelo, pero nunca aprendió la técnica musical ni profundizó sus estudios. Así, debió recurrir a la colaboración de músicos profesionales que denominaba “asociados musicales”, para conseguir plasmar en el pentagrama las ideas musicales que pretendía incluir en sus películas. Su método de creación de las partituras era sencillo: tocaba al piano o con el violín las melodías que se le ocurrían y se las presentaba a los asociados musicales y éstos las escribían. Muchas veces utilizaba sin descaro melodías de canciones populares de la época, las modificaba levemente y las incluía en los filmes, lo que le trajo no pocos dolores de cabeza y algunas demandas judiciales.

La película que marcó su inicio como cineasta independiente fue Una Mujer de París (A Woman of Paris, 1923) cuando ya era una estrella y había fundado United Artists junto a los popes de aquel Hollywood en auge, Douglas Fairbanks, David W. Griffith y Mary Pickford, y en esta cinta hizo sus primeros experimentos como compositor, con la colaboración técnica musical de Louis F. Gottschalk y Fritz Stahlberg. Dos años después, La quimera del oro (The Gold Rush, 1925) la compuso con William P. Perry y Carli Elinor (este último fue quien compusiera la partitura de El nacimiento de una nación de Griffith para su estreno en Los Angeles)[1], y para la que nos ocupa, El gran dictador, que fue la primera película sonora de Chaplin, se asoció a Meredith Willson, flautista, compositor, arreglista, orquestrador, guionista y escritor estadounidense, de prestigio en esa época, que había sido miembro de la banda de John Philip Sousa 1921-1923) y de la New York Philharmonic Orchestra bajo la batuta de Arturo Toscanini (1924-1929). Willson se haría famoso años después por The Music Man, la obra musical de Broadway estrenada en 1957 en la que participó como compositor, pero también como guionista adaptando su propio libro. La obra sería llevada a la pantalla como Vivir de ilusión (The Music Man, Morton DaCosta, 1962).Willson y Chaplin escribieron la música incidental para El gran dictador, pero Chaplin utilizó música clásica para dos escenas ya icónicas, las más recordadas del film.

Para la secuencia del célebre baile de Hynkel (la magistral caricatura de Hitler) con un globo terráqueo, Chaplin eligió el “Preludio del Acto I de Lohengrin”, considerada la última ópera romántica de Richard Wagner, estrenada en agosto de 1850, y que aplica perfectamente con la comicidad de la escena.

El escritor e historiador cinematográfico James L. Neibaur ha señalado que entre los muchos paralelismos que Chaplin estableció entre su propia vida y la de Hitler estaba la pasión de ambos por la música de Wagner. Resultan muy curiosos esos paralelismos, que Peter Ackroyd pone en evidencia en su libro “Charlie Chaplin”[2]: “…Los dos habían nacido en abril de 1889, con una diferencia de cuatro días. Los padres de ambos se habían dado a la bebida, así que los chiquillos, al crecer, habían terminado por adorar a sus madres…procedían de una línea familiar marcada por la locura y la ilegitimidad. Lucían un mostacho muy similar…incluso se había llegado a decir que Hitler había tenido la ocurrencia de copiar el aspecto del ‘hombrecillo chapliniano’ como fórmula para inspirar amor y lealtad…Los dos pretendían encarnar al hombre corriente que lucha contra las fuerzas de la sociedad moderna, y ambos compartían además el misterioso don de arrastrar tras de sí a millones de personas con una especie de mágico poder hipnótico. Uno y otro eran magníficos actores, y los dos se nutrían de los sentimientos de inadaptación y autocompasión que les embargaban. Tanto Hitler como Chaplin resultaban tremendamente fotogénicos. Y si Chaplin se había limitado a interpretar a un vagabundo, Hitler se había convertido literalmente en mendigo en la Viena de sus veinte años. Los dos idolatraban las figuras de Napoleón y Jesucristo y se identificaban con ellas. A los dos les gustaba la música y se consideraban capaces de componerla. De hecho, Hitler le había dicho en una ocasión a un amigo: ‘Yo puedo crear la melodía y luego tú la escribes’. Ese era justamente el método de Chaplin…”  

Chaplin junto a Meredith Wilson 

Meredith Willson reconoció que le habían dado a él todo el crédito como compositor de El gran dictador, nominándolo al Oscar a Mejor Música Original, pero que lo mejor de la partitura y de la música elegida había derivado de ideas de Chaplin.  “He visto a Chaplin tomar una banda sonora, cortarla y pegarla de nuevo y crear algunos de los efectos más espectaculares que un compositor jamás haya escuchado. No te engañes con eso. Ha sido un genio en cualquier cosa que tocó: música, leyes, ballet, pintura, signos o retratos. Me dieron el crédito de la partitura de The Great Dictator, pero lo mejor de todo fueron las ideas de Chaplin, como usar el «Preludio» de Lohengrin en la famosa escena del baile con globos”, dijo Willson en una entrevista.

La otra gran pieza de la música culta elegida por Chaplin fue la famosa “Danza Húngara nº 5 en Sol Menor” de Johannes Brahms, otro miembro del romanticismo alemán como Wagner, que la había compuesto en 1869 como parte de un grupo de 21 alegres danzas basadas en su mayoría en temas húngaros. Chaplin la aplica en la hilarante escena en la que el barbero judío (también interpretado por él) afeita a un cliente inquieto y asustado ante la riesgosa manipulación de la navaja.    

Según Willson, un ensayo de la escena se filmó antes de que él llegara, usando un registro fonográfico para el cronometraje, para marcar el ritmo y ayudar a Chaplin a actuar sincronizado con la música. Se pensó ello como primera toma con la certeza de que luego en el estudio de sonido se dividiría el material en fragmentos y se regrabaría la música con la orquesta del estudio al completo, ajustándola a todos los movimientos del barbero. Chaplin decidió grabar el ensayo en caso de que algo resultara utilizable. Una vez en el estudio, y después de revisar toda la escena para hacerse una idea general, se planeó el trabajo de edición de manera meticulosa, grabando ocho compases a la vez.

Pero cuando Willson y su equipo repasaron lo que se había rodado como ensayo se quedaron de una pieza, congelados. Chaplin había clavado todos y cada uno de los movimientos con la música de Brahms, los había sincronizado instintivamente con su enorme talento histriónico. Había quedado perfecto, así que no hizo falta remontar la escena. Willson escribió más tarde: «Por suerte, Chaplin logró captar cada movimiento, y esa fue la primera y única toma de la escena, la que se utilizó en la película final.

Además de estas dos piezas clásicas, en El gran dictador también se escucha el “String Quintet in E, Op. 13 nº 5: Minuet” de Luigi Boccherini tocado al piano por el propio Chaplin durante unos segundos.

La genialidad de Charlot quedó patente en cada toque musical, y su barbero judío, émulo inconsciente del Fígaro de la ópera bufa del gran Rossini, afiló esta vez su navaja al compás de la música de Brahms, y muy lejos de Sevilla.

REFERENCIAS

[1] La música original de la película fue compuesta, como sabemos, por Joseph Carl Breil. Para profundizar la historia de la banda sonora de El nacimiento de una nación remitimos a https://themoviescores.com/the-birth-of-a-nation-1915-joseph-carl-breil-hacia-el-nacimiento-de-la-musica-de-cine/

[2] Ackroyd, Peter, Charlie Chaplin, Editorial Edhasa, 2014, pág. 283.

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En 1931 Charles Chaplin creó la que hasta ese momento sería su obra maestra, Luces de la ciudad (City Lights), película que, además, tiene la particularidad de ser su debut como compositor en solitario, aunque también, como en todos sus filmes, contó con la colaboración de un músico asociado que esta vez fue Arthur Johnston y detrás de bambalinas estaban los arreglos y la dirección musical del gran Alfred Newman

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