Chaplin: El mal genio musical

Chaplin: El mal genio musical

Es conocida la personalidad obsesiva del gran Charlie Chaplin a la hora de encarar la producción de sus películas, en las que intervenía en todas sus fases y, literalmente, volvía locos a todos los profesionales, artistas y técnicos involucrados.

No menos temperamental y exigente hasta la exasperación era su participación en la meticulosa construcción de las bandas sonoras de sus filmes, para lo cual contrataba a “músicos asociados” dada su incapacidad para trasladar sus ideas musicales al pentagrama, ya que no sabía escribir música y componía a partir su formación autodidacta en tal sentido. Tarereaba o tocaba al piano o al violín las melodías que se le ocurrían y el compositor contratado las volcaba al papel para luego orquestarlas y grabarlas.

Esta particular forma de trabajo y el carácter irritable y egocéntrico de Chaplin le granjeó no pocas peleas y discusiones con los músicos asociados, directores musicales e, incluso, con las orquestas y sus instrumentistas.

En el libro “Charlie Chaplin”, su autor Peter Ackroyd cuenta algunas anécdotas que ilustran lo comentado. Por ejemplo, en el largo proceso de composición de la música de Tiempos modernos (Modern Times, 1936), contó con la colaboración de un joven compositor y arreglista de 23 años llamado David Raksin, que años después sería reconocido por su magnífica banda sonora para el mítico film noir Laura (Otto Preminger, 1944), y los choques y discusiones en torno a los temas musicales no se hicieron esperar, complicando las últimas fases del montaje de la película.

En la foto: Charles Chaplin con Alfred Newman (a su derecha) y David Raksin (a su izquierda).

No fue una experiencia agradable para el músico, que así lo recordaba: “Como les sucede a muchos de los autócratas que se han hecho a sí mismos, Chaplin exigía de sus colaboradores una obediencia ciega.”[1] En un momento dado Raksin se había atrevido a discrepar con la opinión del cineasta, así que fue despedido de inmediato. El joven Raksin solo se había limitado a decir: “Creo que podemos hacerlo mejor”. Sin embargo, el gerente de producción Alfred Reeves habló con Chaplin y lo terminó convenciendo de la conveniencia de reincorporar a Raksin y de que éste solo había intentado hacer su trabajo opinando honestamente.

Chaplin solía llegar al estudio por las mañanas con una o dos frases musicales en mente que Raksin transcribía sin chistar y de inmediato se ponían a trabajar juntos en la mejor forma de insertarlas en la banda sonora. “Un poquito de Gershwin estaría bien aquí”, sugería Chaplin con firmeza. “Lo que necesitamos en esta secuencia es una de esas melodías de Puccini[2], decidía sin consultar. Pero Raksin no se quedaba callado, le discutía y argumentaba, y cuanto más lo contradecía, Chaplin se mostraba más terco y combativo que nunca. Raksin no se inhibía y montaba algunas escenitas de furia. “No puedo volver”, le dijo un día a uno de los ayudantes del estudio. “Si vuelvo le voy a pegar un puñetazo en la nariz.”[3]

Ni siquiera el gran Alfred Newman, a la sazón director musical de la United Artists en aquel momento, se libraba de las presiones y malos tratos de Chaplin, que le exigía intempestivamente nuevas versiones y regrabaciones de los temas que quería incluir en la banda sonora, lo que provocaba que la orquesta tuviera que tocar veinte o treinta veces el mismo pasaje. Newman contó que llegó a trabajar dieciséis horas al día y cinco noches por semana en el estudio.

Cierta vez, en el colmo de la descortesía, a Chaplin se le ocurrió gritar que la orquesta estaba “emperrada”, que no estaba poniendo todo el brío en el ensayo y que tocaba con desgano y de forma mediocre. Newman explotó, tiró la batuta al suelo y declaró que no volvería a trabajar con Chaplin en la vida. Por supuesto Raksin, presente en ese momento, se puso de parte Newman, y el que explotó entonces fue el actor.

Alfred Newman

Durante el trabajo para componer la música de algunas de las piezas de la banda Sonora de Un rey en Nueva York, Chaplin había contratado al pianista Eric James, que tiempo después se convertiría en su asesor musical. En sus memorias, tituladas “Making Music with Charlie Chaplin”, James cuenta algunos de los tormentosos episodios de su incipiente relación con el cineasta, cuando se vio obligado a soportar discusiones y abusos de todo tipo por parte del exaltado temperamento de Chaplin. Cualquire sugerencia de parte del pianista provocaba la furia del actor: “¡No me digas lo que tengo que hacer!”. James se dio cuenta de que el Chaplin de carne y hueso no se parecía en nada a sus modélicos y entrañables personajes. “En algunos aspectos no era mejor que cualquier otra persona, y probablemente fuera incluso bastante peor que muchas[4], afirmó James, a quien además lo sorprendió la mezquindad del cómico en las cuestiones de dinero.

En su obsesiva búsqueda de la perfección, el genio indiscutible agotaba la paciencia de cualquiera y dejaba al descubierto su “mal genio” musical.

Eduardo J. Manola – 27 de octubre de 2020

Referencias:

[1] Peter Ackroyd, Charlie Chaplin, Biografía Edhasa, 2014, pág. 277.

[2] Op. cit. pág. 277.

[3] Op. cit. pág. 277.

[4] Op. cit. pág. 351/352.

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